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22 de julio de 2013

FREE WILLY


Últimamente me he dedicado mucho a poner a caer de un burro a la gente de mi entorno y aun no os he hablado de mi fantástico trabajo. Hoy os quiero hablar de mi maravilloso empleo porque, afortunadamente, hoy es mi último día antes de irme de vacaciones al sol ¡Sí!

De este modo, os puedo contar sin que se me avinagre el carácter ni un poquito que me han puesto a trabajar desde la pasada semana en una oficina cara al público como “Atención al Cliente”. No es que sea un trabajo de lo mío pero como no está el horno para bollos pues yo Atención al Cliente y encantada de la vida.

La problemática del nuevo puesto no está tanto en las funciones a desarrollar en sí, sino en el emplazamiento del puesto en sí. Sí amigos, mi problema es el dónde, porque desde hace una semana trabajo en una fabulosa y a la vez minimalista pecera de cristal, a la vista de todo el mundo, a pie de calle. M-A-R-A-V-I-L-L-O-S-O.

La parte divertida de este nuevo trabajo es que hablo con un montón de gente que viene a preguntarme cosas. La parte menos divertida es que la gente que viene a preguntarme cosas no tiene ni idea de para qué estoy yo aquí en mi pecera y me consulta cosas que nada tienen que ver con mi trabajo: cómo llegar al centro de la ciudad, dónde ir de tiendas, horarios de trenes o de autobuses, y demás información que para más inri, no tengo. No obstante, procuro ayudar en la medida de lo posible, sobre todo si me preguntan por las tiendas.

El problema radica en que la pecera estilo minimal y diáfano no tiene un puñetero cartel que diga un poco de qué va este chiringuito que me han montado, y claro, la gente se lía. El problema que tengo yo es que cuando llamo “pecera” a la oficina no estoy exagerando ni un ápice. La pecera es realmente una pecera, de cristal, totalmente limpia, conmigo dentro en una mesa delante de un ordenador. Y ya.



En los días buenos pienso que soy la protagonista de una performance de arte contemporáneo, donde el artista en cuestión quiere mostrar al público la banalidad del trabajo, el tiempo que se nos escurre entre los dedos o esas cosas que les gusta enseñar a estos nuevos artistas postureadores. Porque no me negaréis que a veces estas cosas modernas que se sacan de la manga son puro postureo.

En los días malos me indigno contra el sistema y contra los desgraciados de los jefazos que me han puesto aquí mientras ellos están tan plácidamente escondidos en sus despachos con paredes opacas. Me cabreo como una mona y suelto a quien me quiere oír que las putas del barrio rojo tienen más intimidad en los escaparates en los que están que yo en mi pecera. Y la gente me dice “¡Hala, cómo te pasas!” y yo digo, “No, perdona, es que es la verdad. Mira la pecera”, y al final acaban dándome la razón, que es casi lo peor que podrían hacer.

Sin embargo, el jueves tuve una jornada imparable que empezó siendo muy malo, acabó siendo muy bueno y transformó el nombre  de “La Pecera” a “El tanque”.

El motivo es que la primera visita que tuve a la pecera fue bastante accidentada. Una buena mujer se acercó hacia mí decidida y con paso firme, pensando que nada se interponía entre nosotras y que yo era la persona idónea para resolverle sus dudas, y se comió con toda la cara el impoluto cristal que me rodea. Y cuando digo “se lo comió” estoy siendo bastante gráfica: su cara chocó con todas sus fuerzas contra el cristal, que se movió y metió un ruido ensordecedor; ella se cayó hacia atrás de culo contra el suelo y todo el mundo alrededor pudo disfrutar del show. Evidentemente, la pecera que en ese momento era “el escaparate del Barrio Rojo” pasó a ser una Performance en toda regla.

La buena mujer golpeada en la cara y sobre todo en el orgullo, hizo como si no se hubiera dado un golpe jamás en la vida, y una vez localizó la puerta, entró y me preguntó como si nada hubiera pasado. Lo peor de todo es que no pude resolverle sus dudas y tuve que dirigirle a otra oficina. Con el golpetazo que se había dado, pobre. Aun tengo hoy lunes la marca de su cara en el cristal, no os digo más.
 

Y el golpe, haciendo de perfecto Efecto Mariposa, trajo consigo un día de lo más movidito. Un compañero  del departamento de prevención vino a visitarme y le conté la historia, y le dieron los siete males. Según parece mi impoluta pecera sin una marca que deje ver que ahí hay un cristal es una pecera ilegal, así que llamó a un súper jefe para que me pusieran unos vinilos ipso facto.

E ipso facto llegaron a la pecera, atención, no uno sino dos expertos en el arte de la colocación de vinilos. ¿Cómo se os queda el cuerpo? Porque yo no tenía conocimiento de que pudiera darse semejante especialización en el puesto de trabajo. Total que llegaron con las dichosas pegatinas y empezaron su labor de pegado cuando me llamó mi jefe.

Le expliqué amablemente el suceso acaecido y la presencia de los vinileitors en la pecera, y me comentó “Bien, es que en realidad tú no deberías haber ido al nuevo puesto hasta que estas cosas estuvieran solucionadas, pero al final las cosas han venido así. Lo de los vinilos lo estuvimos mirando y te lo pondrán para que estés más discreta, que no sea tan escaparate”.

¡Aleluya! Alguien con criterio en la empresa que veía que esta no era una forma digna de tener a una persona trabajando, olé por él. Así que estaba yo tan feliz en mi pecera, acompañada por mis amigos vinileitors cuando vi que ellos pegaban de una manera que… no. ¡Esas pegatinas no me tapaban nada!

-Pero ¿Estos son todos los vinilos que hay?

-Sí.

-¿Y están bien así? Quiero decir, ¿no van un poco más arriba, que me tape un poco la cara?

-No, nos han dicho que pongamos esto así, a ras de la mesa.

-Ya pero es que esto no me tapa nada de nada.

-No, la verdad es que no. ¿Pero te habían dicho otra cosa a ti o qué?

-Pues sí, me habían dicho que los vinilos me taparían un poco y que estaría más discreta.

-¿Eso te dijeron? ¡No les creas nada de lo que te digan!

 

Y ya me desengañé.

Total que lo que tengo son unos hilos de vinilo blanco que van a ras de la mesa a lo largo de toda mi pecera y llegan al suelo. Es decir, no me tapan nada y parece que me hayan llenado la pecera de agua.

Me siento como Willy en su tanque. ¡Liberad a Willy!


Y como si eso no fuera suficiente castigo para una jornada de verano, llegó mi hermana a hacerme una visita. A ver, que la visita guay, pero se rió a base de bien de mi recién estrenado tanque. Mi hermana, que está de vacaciones, tiene mucho tiempo para venir y buen humor de sobra para cachondearse de mí. En cuanto vio la pecera me dijo:

-Qué graciosa estás en tu pecera, es que se te ve de pleno ¿Eh? A ver a ver, haz “así” y yo te saco una foto con el móvil desde fuera.

Y por “así” se refería a taparme la nariz con una mano y poner en alto la otra mientras me contoneaba a lo largo del tanque para su propio regocijo. Y yo que soy lerda fui y se lo hice, y la verdad que está divertido. Liberas tensiones y ahora currar en el tanque es guay, en una oficina normal no podría hacer de bailarina submarina.

Como no podría ser de otro modo, mi querida hermana me visita cada día desde entonces y nuestro saludo es el contoneo de cuerpos con nariz tapada y mano en alto de manera simétrica tanto dentro como fuera del tanque. Que se preparen las de sincro, que con este gesto las destronamos, fijo. Con esta performance nos estamos ganando a los viandantes, que cada vez son más.

24 de junio de 2013

DESAYUNO Y MERIENDA IDEAL


He estado revisando las estadísticas del blog para ver si después de una semana han crecido algo las visitas con la página del Facebook tan fantástica que tengo ahora. Y la verdad es que las conclusiones no son muy halagüeñas. Para empezar, mis últimos posts no los ha leído ni Rita la pollera, y eso que yo doy lo mejor de mí y me dedico a ponerme en ridículo por voluntad propia. Y para seguir, el post más leído es ese que como me lo pille mi madre me cuelga del palo mayor. Verás tú.

Sin embargo, yo que me dedico a chapotear por la red y navegar a la deriva entre montones de información, caí ayer sin saber ni cómo en un artículo sobre el postureo que hizo pensar. Porque sí, yo seguía en modo quejica nadie-me-lee. Total, que según el artículo en cuestión, y parafraseando a J. Luis Orihuela, profesor de la Universidad de Navarra: cuando la búsqueda de reconocimiento se convierte en la finalidad del acto comunicativo, estaríamos hablando de postureo.


 Y eso sí que no. Yo puedo ser muchas cosas, pero postureadora no soy para nada en absoluto. No, nein, niet, ni – de – broma. Yo que me río de toda esa gente que se dedica a contar su vida y milagros al resto del mundo en el Facebook. Yo, que escribo un twit con mis pensamientos y pienso “Pero hija mía, ¿A quién crees que le importa tu opinión, si puede saberse?” y acto seguido lo borro. ¿Bailarina postureadora? Eso sí que no. Así que esto de cotillear a ver cuántas personas han pasado por aquí se ha acabado, ea.

 
Dicho esto, os contaré que este fin de semana hemos tenido a nuestra amada perri especialmente graciosa. Hace mucho que no os hablo de ella porque el susurrador está esperando que le mandemos documentos gráficos que le muestren a qué se dedica cuando se queda en soledad. Es decir, quiere que le grabemos por casa cuando se queda sola y ver qué hace para poder actuar en consecuencia. Esto de grabar parece que es surrealista total, pero yo ya con esta perra y este susurrador me he chiflado del todo y he perdido la noción de lo que es normal y lo que no.

El caso es que estamos intentando dar con una cámara que sea capaz de grabar las cuatro horas largas que se queda sola, porque de momento solo somos capaces de grabar una hora con la tablet. Lo que hace en nuestra ausencia es lo siguiente: nada más irnos de casa, llora un poco, y acto seguido se va a la puerta de casa y se queda ahí sentada en plan perro guardián. Luego se cansa de esa pose de perra guardiana (ella tampoco es de postureo a largo plazo) y se duerme ahí. Fin de la grabación. Total, que con lo espías de pacotilla que somos,  no somos capaces de saber cuándo le da por mordernos los muebles. Tenemos que seguir con las grabaciones clandestinas y enseñarle los deberes al susurrador.

 

Mientras tanto, ella sigue adorable como siempre cuando está fuera de casa. El viernes salimos a cenar de tapas, y nuestra perra era tan maja y tan adorable y tan tierna y tan bien educada (¡Toma ya! que dijeron que estaba nada más y nada menos que ¡Bien educada! Casi me atraganto con el vino cuando lo dijeron. Qué tos, qué tos, qué risa, bien educada, ay la jodía cómo disimula de bien), que en uno de los bares acabaron una pata de jamón y le dieron las sobras, ¡Las sobras de la pata de cochino! Jabuguito para mi adorada perra que sigue una dieta espartana de pienso asqueroso. Claro, evidentemente, ella estaba encantada de la vida, y yo casi me pongo a hacer trucos perrunos para que me dieran jabugo a mí también.

No caí en el ridículo más estrepitoso para obtener jamón, pero lo que sí que pasó es que ahora nuestra querida can ha desarrollado un morrito fino que no hay quien la aguante. Ahora su pienso no es suficiente y va rastreando todo a su alrededor para llevarse nuevos sabores a su recién estrenado paladar de perra exquisita. Total, que el sábado me la jugó.

El sábado es mi día de yo-mi-me-conmigo por excelencia. Mi querido novio se va al alba a practicar deporte y no vuelve hasta la hora de comer, y yo tengo toda la mañana para hacer lo que se me ponga en la punta de la nariz. ¿Os parece un buen plan? Pues no sabéis lo mejor: tengo un novio que es en realidad un ángel caído del cielo de lo buenísimo que es, ¡Y me deja el desayuno preparado! Y no solo eso, sino que además, él se va habiendo paseado ya a la perri, así que aprovecha, ¡Y me compra un croissant! ¿No es maravilloso?

Es maravilloso, y un poco de gorda, de ahí que me haya apuntado al gimnasio y vaya sin descanso. Que estos bollos pasan factura.

Bueno, el caso es que este sábado mi amado marchó al este con la primera luz del alba, mi perra se quedó de guardiana del fortín y yo en plan princesa-modelo “dormir mínimo nueve horas es súper híper mega importante para lucir esta piel de porcelana” me lancé a los brazos de Morfeo.




Y así estaba yo, durmiendo plácidamente, cuando al morrito fino de mi perra llegaron aromas de alimentos mejores que su pienso, aromas de algo sabroso, dulce, algo de desayuno especial que activó su nuevo instinto delicatesen, y allá que se fue, a lo loco, with no regard of her own safety, que hubiese escrito en un writing de inglés.


Se fue, y la lió, por supuesto. Si bien he de admitir, en honor a la verdad, que la perra estuvo fina y limpia. Se subió a la mesa y decidió dejar de lado el zumo de naranja y la macedonia de frutas –no es muy de frutas la amiga, como su dueña- y tampoco le gustó mucho el tema Galleta María Fontaneda. Le debió de parecer una ordinariez comer eso un sábado, un martes…igual, pero un sábado, no señorita. Sin embargo, se zampó mi croissant y no dejó ni una sola miga sobre el plato. Y se bebió mi colacao. Enterito. Se puso sobre el tazón y lametón a lametón se bebió absolutamente todo.


Imaginad mi cara cuando amanezco y me encuentro en la mesa de la cocina medio desayuno puesto y medio que había desaparecido misteriosamente… y una perra con orejas agachadas. Lo peor de todo es que estaba tan dormida que no me di cuenta de nada. Pensé “Pero ¿Este novio mío?…menudo es”, y así me quedé, tan pancha, tan ingenua, tan naïve.

No me di cuenta de la jugarreta de la perra hasta que no llegué donde mi querido novio y le solté, así sin medias tintas

-¿Tu qué? ¿Te has dormido a la mañana?

 Y él -No, he ido bien, como todos los días, ¿por qué lo dices?

-Pues porque te has dejado todo el desayuno sin recoger, que estaba todo en la mesa.

-¿Yo? No no, si yo he desayunado normal y he recogido todo.

-Pero si estaba todo en la mesa, el zumo sin beber y una macedonia entera, y luego la taza del colacao vacía.

Y ahí mi amado, que además de bueno es avispado ya se giró a la culpable, mientras me decía:

-Pero si yo te he dejado el desayuno preparado en la mesa para que te lo tomaras al levantarte, con croissant y todo ¿Y no tenías nada? ¿Ni el bollo? ¿Ni siquiera el Colacao?

Y no, no tenía ni siquiera  el Colacao, y eso que es de los dietéticos. Si es que esta perra se pirra por el chocolate, y eso que es malísimo para los canes, pero es como una yonki. En fin, que esto de tener los desayunos preparados para tenerlos listos cuando amanezca, muy a mi pesar, se me ha acabado.