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16 de junio de 2014

TE HE VISTO BRACEAR EN PROFUNDAS LAGUNAS CON NADADORES

Antes que nada os quiero dar las gracias a todos por haber aguantado estoicamente el monográfico “Querido Novio y el Deporte” que llevé a cabo la semana pasada. La cosa es que ya me puse seria con el susodicho y le dije que esto de practicar deporte se le estaba yendo de las manos, que no había día en el que no hiciese algo y que  estaba como un yonki con eso de “es que el día que no hago deporte me siento como mal” y que ya le valía, básicamente.




Él, todo chulito, me dijo que era una exagerada y que no era en absoluto cierto que se estuviera pasando. Que qué tontería era esa de que era un yonki, que no le dijese esas cosas ni en broma (¡”ni en broma”, me dijo! Como si le estuviese hablando en broma o algo) que le iba a preocupar y que, además, no tenía razón porque el deporte que él practicaba, en realidad, no era para tanto.


-¿Que no es para tanto lo que haces? ¿Me estás diciendo eso en serio? - estaba echando humo por las orejas, lo notaba
-Pues sí, Bailarina, no hago tanto como dices tú.
-¡¡Pero si vas a hacer algo TODOS LOS DÍAS DE LA SEMANA, de lunes a domingo!! ¡No descansas ni un día!- la vena del cuello me iba a reventar.
-Eso no es verdad, los domingos no hago nada.
-¿Y el domingo qué tienes? Cuéntame.

Cara de pillo, touché



-Pero es que es la prueba de triatlón. - y cara de “pues claro que voy a hacer deporte el domingo, si estaba apuntado a eso, vaya tontería”
-¿Y el pasado domingo? ¿Y el domingo anterior a ese?
-Bueno pero es que eso era porque estaba entrenando para la triatlón pero que ya no hago más.
-Pero si esa prueba friki es la gota que colma el vaso lleno de un montón de gotas, que la culpa no es del triatlón, la culpa la tienes tú que vas a más y a más y a más y no sabes parar.
-Qué exagerada eres, Bailarina, de verdad, ¿eh? Que no hago tanto.
-¿Qué no?
-No.
-¿Seguro?
-Seguro.
-¿Quieres que te demuestre todo el deporte que haces y cómo es el epicentro de tu vida?
-Vale.
-Hecho.



Y ahí he estado, una semana haciendo en el Facebook de Bailarina frustrada un remember de posts en los que se hablaba de mi no tan Querido Novio y su siroco deportista, donde no han faltado:

  •          La vez en la que fui a verle andar en bici.

  •          La vez en que me regaló por nuestro aniversario un pulsómetro para el gimnasio (¿¿Perdonaaa??)

  •           La vez que se apuntó a hacer una maratón (42 kilómetros corriendo, casi cuatro horas, pero ojo que él con el deporte tiene una relación SANÍSIMA, cuidado. La exagerada soy yo, por supuesto).

  •          La vez que me dijo que se apuntaba a la triatlón esta (y que evidentemente ha estado entrenando para la prueba, es decir, aprendiendo a nadar).

  •          La cantidad ingente de pruebas a las que se ha apuntado para que haya desarrollado tal síndrome de Estocolmo, ¡¡que me lo paso bien cuando voy a hacer de animadora!! (algo falla en mi cabeza, está claro)

  •          Y ahora, por supuesto, la primera triatlón de mi Cuchifritín, que fue ayer.


¡¡Me han faltado días y estoy segura de que me he dejado algún escrito en el tintero!! Con esto creo que queda bastante clara mi opinión de que estamos siendo un poco excesivos en esto del deporte, ¿No?


Pero volvamos al presente…



Las jornadas previas al día T (de triatlón, o sea, ayer) también han estado graciosas, no os creáis, porque claro, para el bautismo del triatleta hace falta un look especial triatlón, y mi pobrecito novio no tenía el modelito adecuado para la prueba de ayer. Este drama supuso que el jueves se fuese a alquilar un neopreno.


Cuando quedamos a última hora de la tarde, evidentemente, le pregunté por el neopreno, porque yo le pongo verde pero al mismo tiempo soy su mayor fan y me preocupo por él, no os penséis.


-Bueno cariño, cuéntame, ¿Qué tal el neopreno?
-Pues me queda súper bien la verdad, eso sí, el tío de la tienda me ha dado uno nuevo para estrenar porque en realidad no tenía ninguno para alquilar… y no se… me da como cosa.
-Bueno pero eso es decisión suya, si te quiere dar uno de los nuevos pues mejor para ti. ¿Y cuánto te ha cobrado?
-Es que…. Bueno que no me ha cobrado nada tampoco.
-¿Nada de nada?
-Bueno algo sí, pero no el neopreno.


¡¡¡¡¡Alarma, alarma, alarma!!!!!





-¿Cómo que “no el neopreno"? Querido… ¿Qué has hecho?
-Es que… le dije al de la tienda que pensaba vestirme con un coulotte y una camiseta debajo del neopreno y me dijo que no que no, que eso se me iba a mover todo y que a ver si no tenía un mono de triatlón… y bueno que le he comprado uno.
-¿Y cuánto te ha costado el mono?
-70€
-¡¡Setenta euros por una camiseta con short incorporado!!
- Ya pero es que me no me ha cobrado el neopreno nada, y bueno así ya tengo todo listo para el domingo… ¿qué, de qué te ríes?


Y ahí estaba yo, en modo “jijiji”.


-                   - No, nada amor, que me parece fenomenal. Es que… tenía que contarte yo otra cosa que me he comprado y que era secreto pero con esto ya… pues estamos en paz.


Risa de pillo, claro, estábamos en tablas.


-      Querida… ¿qué has hecho?
-      Es que… ¡¡Es que salió una promoción de Furla en Vente Privée y me compré dos bolsos!! Y te lo tenía que contar pero me daba cosita y lo he ido dejando pasar y dejando pasar pero llegan la semana que viene y ya no puedo esperar más porque me vas a pillar con todo el equipo…
-      ¿Así que dos bolsos, eh?
-      Sí…
-      De Furla, ¿eh?
-      Sí…
-      O sea, que te ha salido más caro que mi “camiseta con short incorporado” ¿Verdad?”
-      Sí… sí… -Eso ya estaba siendo un poco ensañamiento, la verdad, pero bueno- ¡¡Que me parece muy bien, amor!! Los dos con juguetes nuevos y contentos, muy bien. Pues luego te enseño el mono y tú me dices qué bolsos te has comprado ¿De acuerdo?
-      ¡¡Claro que sí, amore!!





YYYYuuuuuuupiiiiiiii


Así que estos días he estado haciendo de coach (qué ganas tenía de usar esa palabra en mi vida) motivando a mi amado a tope pero a la vez diciéndole cosas como “pero tú con cuidado, ¿eh? Que tampoco vas a competir por puesto, tú con que acabes ya de sobra”. Una es como es, y yo no puedo evitar ser una drama mamá sin hijos.


Y ayer fue el gran día, primer triatlón, domingo, 10 de la mañana. Había dormido 5 horas pero yo me planté allí porque la primera fase es la de nadar y mi miedo era que mi Querido Novio no saliera del agua. Pero salió, ¡Menos mal!


Cosas que os tengo que contar de un triatlón:

·         La gente es muy friki. Como en una carrera a pie o en bici pero diez veces más frikis. Claro, ellos hacen tres deportes en una prueba, y se les nota que están grillados (muy friki todo, en serio).

Lo que os digo, como regaderas.


·         Tú te vas a las 9:30 de la mañana a ver a tu Querido Novio salir a las 10 al agua ¿Y qué pasa?, pues que no se ve nada de nada. Eso es una mancha negra llena de nadadores.

Con llegar a la parte de la bici suficiente.


·         Ese momento en el que hay unos tíos que entran desnudándose a la zona de las bicis, mientras otros se quitan los neoprenos a patadas, mientras otros corren descalzos, mientras otros salen con la bici corriendo y se ponen las zapatillas mientras la bici ya está en marcha….



Por mucho que os empeñéis en llamarle a eso “la zona de boxes” como si fuese la F1, eso es un frenopático en toda regla, que estáis todos grillados, y se os nota.


·         Esa gente que se baja de la bici en marcha y descalza “para perder el menor tiempo posible” es mal. Yo que iba de fan pazguata que ni sabía lo que se hacía en un triatlón casi me caigo muerta del susto de cómo se bajan de las bicis. Para más inri se metieron un súper sopapo tres frikis de esos a mis pies

¿Y por qué?

POR FRIKIS. Porque con frenar un poco más atrás y de forma ordenada no habría pasado nada pero noooooo señores, aquí todos tienen que ir con la puta rueda hasta la línea de meta y llevarse lo que haya por delante. Y claro, si lo que hay delante es otro friki se lo llevan y zas, montonera de ciclistas a los pies de Bailarina. Casi me muero.





·         Mi Querido Novio sobrevivió a la transición bici-correr ante los ojos atónitos y la cara de terror máximo de una que os escribe, que en su alma de drama mamá sin hijos veía a su novio en otra montonera de frikis y bicis, y con un brazo roto, o algo. Pero no, menos mal, aunque estaba tan histérica que ni pude animarle en condiciones, y claro, no supo que estaba allí. MAL.

Sobrevivió con nota a la carrera a pie.

Llegó a meta encantado de la vida. Y en tiempazo.

Ha quedado a mitad de tabla en su primera prueba. Y descansado. Que no lo dio todo por si acaso, me dice.

Dice que le da pena devolver el neopreno “con el que ha hecho su primera triatlón”. Me juego un brazo a que esta tarde lo esconde en el armario y se lo queda para siempre.

Ya está hablando de “en la próxima prueba…”.

Busca amigos para hacer la próxima con ellos (estáis advertidos, no os dejéis engañar).






Y ante esto yo solo puedo decir una cosa…Mátame camión.

4 de noviembre de 2013

ENTRO AL PROBADOR Y AGARRO LA MINIFALDA


Como ya es mundialmente conocido por mis lectores (y pongo “mundialmente” muy bien puesto porque hay algunos que entráis de unos países que no se yo cómo habéis acabado aquí, pero ¡Bienvenidos!), soy una adicta a las compras.

Como también sabréis algunos de vosotros, además de comprarme trapitos, también me gusta ir a las tiendas y probarme cosas que nunca jamás me voy a poner. Soy así, me hace gracia ponerme cosas ridículas. Además, me sirve como terapia. Sí, sí, ahora me cobro en carcajadas todas las lágrimas que he derramado en los probadores de las tiendas cuando era una adolescente pedorra y bastante insegura. Ahora ya no soy pedorra. Va genial, os lo recomiendo fervientemente.
 
 

Así, me he probado montones de cosas. Desde vestidos de súper choni a zapatos con hormas de hijoputismo supino pasando por todo tipo de accesorios para el pelo de estilo remordimiento.  Sin embargo, tiene un lugar especial en mi corazón la vez en la que se me ocurrió probarme un sujetador SÚPER push-up (y el súper en mayúsculas está muy bien puesto, creedme). Fue la leche. Vaya peras.

Total, que esta semana he estado de compras con mis amiguitas y, como no podía ser de otro modo, tuvimos show en H&M, que es una tienda que me gusta mucho a pesar de que tiene prendas que son abortos del sector retail.

Como estaba en modo graciosilla de la vida, me dejé llevar por las cosas súper modernas para niñas famélicas que había en la tienda y me puse en plan machacón:

“Venga, amigas, vamos a probarnos algo de esto súper cutre de la tienda juntas, nos echamos unas risas, va. ¿No os parece una idea genial? Nos ponemos en plan teenager algo de esto de por aquí- señalaba una zona de prendas de estilo súper remordimiento- Venga que va a ser muy divertido, ya veréis, ¿Si? ¿Sí? ¡Sí!”

Y sí, me las llevé al huerto.

Lo ideal habría sido hacerse con un conjunto completo pero nos daba pereza quitarnos toda la ropa, así que cogimos una prenda que por sí sola iba a lograr todo el efecto “¿Pero esto qué mierda es?”.

Correcto. Nos probamos unos crop tops que se os va la olla. De los discretitos, ¿Eh? Ojo. Que puede que no taparan nada la tripa pero eran de manga larga, cuidado. Y eran monísimos. Negros con estampado en blanco, para estilizar los hombros, porque con la poca tela que tenía eso no podrían estilizar nada más.
Vamos, un espanto. Pero la gracia era probarse eso con las amigas, y estar cada una en un probador distinto no era una opción, porque íbamos a tener que salir a la zona común de los cambiadores para vernos las unas a las otras, y había mucha gente por ahí que no era amiga nuestra que también nos iba a ver. Vamos, que no. Hacer el ridi para un selecto grupo de elegidas pase, pero para el común de las compradoras de H&M no.

Lo que hicimos fue valernos de nuestra edad, nuestra seriedad y nuestra súper madurez cuando entrábamos a los probadores. También llevábamos los crop tops camuflados entre la ropa que sí nos gustaba. Parecíamos gente normal. Así nos plantamos frente a la guardiana del probador.

Como sabréis, las guardianas de los probadores te miran de arriba a abajo al entrar en su zona mientras doblan ropa y te dicen “Chata, ¿Cuántas llevas?”. Y tú le dices “dos” y ella te deja pasar. Y ya. Lo que pasa es que si eres teenager la guardiana es el enemigo a batir, porque te estará todo el rato vigilando mientras estés en el probador, y por supuesto te impedirá por todos los medios que vayas a un probador con una amiga. No señorita. Que eso es un probador y no una zona de cachondeíto. Se entra de uno en uno y si queréis enseñar a las amigas lo que os habéis puesto abrís la cortina.

Vamos, lo normal. Pero nosotras no queríamos abrir la cortina, ni por asomo. Así que nos pusimos en modo “Yo pasaba por aquí todo madura con mis vestidos y mis faldas de ejecutiva para ir a trabajar, míralos, guardiana”.

Coló perfectamente. Nos dejó pasar casi sin mirarnos, y ahí fue cuando se la jugamos. Nos metimos en plan chuchipandi risitas todas juntas en uno de los probadores habilitados para personas en sillas de ruedas, que son inmensos, e hicimos campamento base.
 




Lo primero de todo, el crop top.

Mis amigas solo decían “Ay, ay, pero ¿En qué momento nos hemos dejado engañar por esta loca? Si es que esto no es serio…”. Y después, con eso ya puesto, “¡Pero mírame! ¡Mira qué pintas! Jajaja jajaja jajaja si parezco una putilla” o “Joder, joder, joder, La Hanna Montana y yo hermanas gemelas, ¡GEMELAS!, misma edad y todo”.

Y ya, para terminar con el crop top y el momento adolescente por todo lo alto, nos sacamos una foto con esa cosa que es un HORROR y la tenemos en el móvil. Menos mal que hay sentido de la lealtad en este grupo porque es como para hacer chantaje del malo con el retrato.

Sin embargo, la gracia del probador no acabó ahí, porque claro, aun teníamos prendas de persona normal para probarnos, y a ello nos pusimos. Faldas, vestidos, blusas… de todo. Lo único que no teníamos era ganas de quitarnos la ropa y probarnos las cosas como gente decente.

De manera que nos pusimos los trapitos como las señoras, con los pantalones por los tobillos “para ver el efecto”. Todo vale con tal de hacer las cosas más rápido.

En mi caso, me probé una falda tubo con las zapatillas de deporte totalmente atadas –sí, iba en plan sporty, qué pasa- y los vaqueros bajados hasta los tobillos, cogiendo bien de polvo del suelo. El “efecto” falda+pantalones a los tobillos era como para aullar, pero estaba motivada, era una compra ostensiblemente mejor que el crop top, y la cremallera ataba. Falda adjudicada.
 
 

La segunda prenda era un vestido de tipo butifarrilla (es decir, prieto prietísimo) marino y negro. Una monada. Repetí modus operandi y me volví a bajar los pantalones al subsuelo, me puse el vestido y… ¡Oh sorpresa! La talla M me quedaba ¡¡Grande, GRANDE, A MI!! Yo, que siempre voy con una talla L por la vida. Estaba estupefacta, y encantada de la vida, vamos a decir las cosas como son.

Entonces, una de mis amigas que ya había terminado y tenía los pantalones puestos en su sitio se ofreció a salir a buscar la talla S para mi cuerpo silfídeo, y yo, que estaba tan contenta de probarme algo en la talla S, le dije que sí casi a gritos.

¡Una S!

Así, la situación era la siguiente: amiga en misión búsqueda de vestido, dos amigas más hacinadas conmigo en el probador terminando de vestirse, y una servidora con el vestido en talla M puesto y los pantalones por los tobillos inquieta perdida. Iba caminando de una lado a otro del probador para hacer tiempo, tarea que tiene su dificultad con los pantalones puestos como trampa. Parecía un pingüino con deportivas. Un cuadro. Y la amiga parecía tardar.

Decidí asomarme al otro lado del probador a ver si la veía y… ojalá no lo hubiera hecho. Pueden pasar un millón de acontecimientos extraños en una tienda, pero aquello normal, no fue. Una señora, que evidentemente vive en las cavernas y no tiene contacto con otros seres humanos, me confundió con la dependienta o en su defecto con la guardiana del probador –que en ese momento parecía no andar por ahí-.

Ni corta ni perezosa vino donde mi rauda y veloz zarandeando un abrigo en su mano derecha y desoyendo las señales que le indicaban que yo no trabajaba allí- señales: estoy saliendo de un probador, con un vestido con la etiqueta puesta y arrastrando los vaqueros que tengo puestos a la altura de los tobillos-.


 

Vamos, que estaba claro que yo no era la persona indicada, ¿No? Pues no. La buena mujer me mira y me dice:

-Oye, este abrigo en una talla más, ¿Lo tenéis?

Cara de shock. Risa floja, Me recompongo y, aun estupefacta por la confusión, me hago la digna y le contesto con la mayor naturalidad posible, mientras apoyo mi culo talla S en plan casual junto al marco de la puerta del probador:

-No, verás, es que yo no trabajo aquí.

Traducción: no, tía LERDA, no.  Llevo unos pantalones vaqueros por los tobillos y zapatillas de deporte. Pase que, en el resto de la tienda, confundas a la gente con dependientes, pero aquí no, y mucho menos así. ¿Pero es que acaso no ves la pinta que tengo, hija de mi vida? ¡No te confundas!

Y yo que pensaba que con eso ya estaba solucionado, me encuentro con que la señora del abrigo no se queda conforme con mi respuesta y me suelta a bocajarro:

-Ya, pero es que estás en un probador.

Pero, pero… ¿Pero qué coño le pasa a la gente? ¡Claro que estaba en un probador! Mi cara de pasmo era tal que solo pude responder un escueto “Sí, probándome ropa”, sin comentario chistoso ni nada, y volver a esconderme en el probador.

Mis amigas se meaban de la risa dentro.

Cuando vino la de la misión –con el vestido talla S- se lo contamos, y se meaba de la risa dentro del probador ella también.

Y yo seguía en shock, ¿Cómo que “Ya, pero es que estás en un probador”?

En fin… me probé el vestido y me quedaba bien, aunque no era un vestido muy de mi estilo. Sin embargo, estaba tan contenta de tener algo de la talla S que me lo tuve que llevar.

El Gym funciona, ¡Sí!

3 de junio de 2013

PRETTY WOMAN, WALKING DOWN THE STREET


Si hay alguna escena del cine que me encantaría reproducir en la vida real, esa es la de las compras a destajo de Pretty Woman. Esa Julia Roberts comprando en Rodeo Drive todos los trapitos que se le antojan como si no hubiera un mañana, esa cantidad ingente de bolsas, esas cajas de sombreros. Me encanta. Quitando el ínfimo detalle de ser puta y tal, lo reproduciría igual igual en la vida real.



Lo sé, no soy nada original, y al igual que al 99% de las mujeres y otro altísimo porcentaje de hombres adoro ir de compras. Lo que pasa es que, en mi caso, cuando empiezo a comprar me entra un nervio en el estómago que se me sube a la cabeza, se me nubla la razón y me pongo a comprar a destajo. Creo que ya os he hablado de mis sirocos en Mercadona, por ejemplo. Pues con en plan de “ir de shopping” me pasa lo mismito que en la zona de cremas de ese supermercado, solo que a lo grande. Imitando a la Roberts a tope.

He de decir que, cuando voy de compritas, la mayoría de las veces me sale bien la cosa. Mi cuenta corriente se queda temblando y a dos velas, eso sí, pero la ropa, generalmente, está bien. Otras veces me paso de lista: me compro unos taconazos inviables que no me pongo jamás o algunas prendas que… en fin, salen de la tienda al armario y nunca jamás vuelven a ver la luz del sol. Me paso de modernita y luego ya cuando vuelvo a la normalidad digo “pero vamos a ver, mi chica, ¿Tu en qué momento pensaste que ibas a ponerte ESTO algún día de tu vida?”.

Y no, devolver las prendas en cuestión no es una opción porque tengo la malísima costumbre de arrancar las etiquetas de la ropa que voy a estrenar inmediatamente antes de ponerme la prenda nueva encima. Esto significa que puedo encontrarme frente al espejo con un aborto de prenda recién puesto sobre mi cuerpo y la etiqueta tirada sobre la cama. FAIL.

Aprovecho este momento para solidarizarme con mi Querido Novio, al que le desquicia sobremanera encontrarse mis restos de los estrenos tirados por la habitación. Cada vez que pilla una etiqueta de esas entre sus manos me odia un poquito, y le oigo gritar “¡Otra más! ¡Otra más! ¡¿Pero por qué las deja tiradas?!”. Yo me escondo para no entrar en contacto visual al menos en 60 segundos, para que se le pase el sulfuramiento que le entra (el minipiso no da para más tiempo sin contacto visual). Él es ingeniero cuadriculado y escrupulosamente ordenado, yo soy un caos con patas… Nos complementamos bien, pero sé que a veces me estrangularía. ¡Lo siento!

Sin embargo, no siempre tengo que llevarme las cosas a casa para verme ante un espejo vestida de forma ridícula. Os confesaré que, a veces, me pruebo cosas horribles y espantosas solo por el placer de reírme de mi misma y del estrepitoso ridículo que sería salir con eso a la calle.

Por ejemplo, el pasado año di con mis huesos en un Intimissimi. Me quería comprar un conjunto para poder llevar con la ropa de verano. Esto es, un sujetador y una braguita que no transparentara con ropa blanca, pero que no fuese de ese color antilujuria espantoso asqueroso que se marcan los fabricantes de ropa interior. Porque claro, aquí mucho conjuntito sexy para noches de pasión turca, pero si se te ocurre vestirte de blanco para la cena previa al potencial “momento pasión” te tienes que plantar el conjunto de abuelita sí o sí –que no todo será pasión, ¿No? Habrá que cenar, o tomar algo, o algo, algo vestidos quiero decir. Vamos, digo yo-. Y claro, así vestida de “color arena” en el interior, a ver quién es la guapa que osa sentirse sexy. Yo desde luego, no, ya te lo digo.

Bueno, el caso es que la dependienta en cuestión estaba con ganas de venderme algo más, que me veía mujer de Visa fácil (no estaba desencaminada) y bastante plana (en esto tampoco iba desencaminada, es cuestión de tener ojos en la cara). Entonces se me encarama al probador donde estoy yo con todas mis miserias al aire y me dice:

-¿Has probado nuestros nuevos sujetadores Súper push-up? Aumentan tu pecho en dos tallas. Son la novedad de la temporada.

Y yo ahí, tapándome con lo que podía, porque tampoco quería que la buena mujer me viera con todo al aire, pero disimuladamente, en plan posado-sugerente-de-Interviú en versión cutrecilla- Pues no, no los conozco, pero yo no uso de esos, yo con lo poco que tengo ya voy bien.

Y ella, incansable, metiendo la cabeza más aun dentro del probador sin ningún pudor- Bueno, pero este sujetador es por si algún día quieres llevar algún vestido más escotado, por si tienes algún evento, por ejemplo, para realzar tu pecho. ¿Te traigo uno y te pruebas a ver si te gusta?

No tengo muy claro si la amable dependienta quería que en “el evento” al que me quería mandar hiciera de prostituta –como en Pretty Woman- o qué, pero al final, con tal de que dejara de verme en bragas en el probador accedí a que me trajera uno de esos. Al minuto me apareció con ESA COSA. Y no, nada más verlo tenía bastante claro que no me lo iba a llevar.

El sujetador en cuestión era de forma normal (con tirantes), lo que significa que pocos vestidos me podía poner para acudir al “evento” al que me quería mandar la amable dependienta. Pero lo mejor era la copa: Básicamente las tetas no entraban, ya está. Toda la copa de cabo a rabo era relleno, con lo cual, tu pecho ahí no era bienvenido.

¿Utilidad de comprar un sujetador para el pecho donde no puedes meter el pecho? No lo sé, pero ya me había picado la curiosidad, y me lo puse. Bien, según lo cerré vi cómo pasaba de ser una chica más bien plana a Pamela Anderson en vivo y en directo. ¡Increíble! Era como si, queriendo huir del sujetador, las tetas se hubieran puesto a escalar hacia el cuello. ¡Casi me llegaban a las orejas! La dependienta ya se dio cuenta de que no iba a conseguir la venta cuando oyó desde la caja una carcajada que provenía del probador… ¡Si es que parecía una actriz porno, madre del amor hermoso!

Menos mal que iba con una amiga y pude compartir risas con ella, bueno, con ella y con todo el que miraba desde la calle en ese momento. Ella preguntó tímidamente “¿Puedo pasar?”, más que nada por hacerlo en plan discreto, pero yo ya abrí la cortina del probador y le dije "¡Sí sí, tienes que ver esto! ¡Pero mira qué tetas! ¡Míralas! ¡Si me llegan a las cejas!".

Ay… un sujetador muy Pretty Woman, sí. Y como a mi Mari Julia parece que me persiga, di hace un par de semanas con el modelito definitivo para esa jornada-homenaje de compras Pretty Woman. Y me lo probé, y me dejé sacar foto. Espero que a mis queridas amigas no se les ocurra difundirla por ahí. Me muero, o las mato, o algo.

 






Sí, es este. Y sí, tiene agujeros laterales, como el original de la peli.

27 de mayo de 2013

DONDE CABEN DOS, CABEN TRES


Como consecuencia de tener la casa patas arriba gracias a mi amada perra que ya conocéis,  la semana pasada nos fuimos mi Querido Novio y una servidora de excursión a Ikea. Como la tercera habitante en cuestión nos ha roto lo que teníamos -y la casa estaba de un estilo minimal que alucináis en colores- la visita a Ikea era una necesidad.

Mi forma de actuar en este tipo de sitios se mezcla en: un 50% mi carácter de compradora compulsiva, y otro 50% la influencia de la ciudad en la que vivo, ¡Que no tiene de nada! Así, ir a Ikea, o a Primark o incluso a Mercadona, se vuelve una excursión. Ir a esos sitios ya es un plan en sí, y hay que aprovecharlo porque cuando vuelva a casa no va a haber nada de eso. O sea, que ante la duda, se compra, se compra y se vuelve a comprar. Conclusión: me vuelvo loca en esos locales.

 

Por ejemplo, voy a Mercadona, y me vuelvo loca de atar. Me han dicho que las cremas de Mercadona son buenísimas buenísimas, y yo las quiero probar todas sin excepción. La verdad es que en el día a día no soy yo muy de ponerme potingues, pero con esto de la operación bikini, a partir de abril me vuelvo ultra creyente de las cremas reductoras/anticelulíticas/adelgazantes, y me las pongo como si no hubiera un mañana.

De esta manera, yo llego a Mercadona a la zona de cremas y arraso con todo, me tengo que llevar todo para casa, y como no sé cuándo voy a tener la oportunidad de volver a pisar un Mercadona, llevarme un bote de cada me parece ridículo. Tengo que coger mínimo dos o tres de cada cosa. Y claro, a fuerza de coger botes y botes de cremas, entro en brote. Me da un siroquillo y me pongo a coger cremas a destajo. Cremas que ni quiero ni uso ni nada, pero están ahí y, oye, ¡Hay que llevárselas!

En mi última visita a Mercadona mi Querido Novio me pilló in fraganti con un carro (de los pequeños verdes) lleno de cremas hasta arriba, mientras cogía cuatro (sí, CUATRO) geles de ducha de aceite de oliva. Me puso semejante cara de espanto que ya me paró los pies.

Total, que en Ikea me pasa igual. Voy metiendo chorradas en el carro y me vengo arriba, cojo cosas sin parar y… bueno, para que os hagáis una idea, el ticket de compra mide un metro (Y esto no es ninguna licencia literaria, ni una hipérbole, ni nada de eso. UN METRO DE TICKET, tal cual). Y mira que ya estaba apercibida, pero no fui capaz de contenerme. Nada más poner un pie en Ikea, mi Querido Novio, hombre previsor donde los haya, ingeniero, y por tanto amante del orden y de ir-a-coger-las-cosas-que-necesitamos-y-nada-de-paseos-absurdos me dijo “Nada de mirar chorradas, ¿Eh? Son las 4 de la tarde, y te doy hasta las 7:30, y ni un minuto más”.

Y ningún puchero consiguió aplacarle. No obstante, hay una frase muy rancia muy rancia que resulta que es muy cierta muy cierta, y es la de “Dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”, porque resulta que mi amado ya no es tan cuadriculado como antaño. Total, que en la primera habitación de exposición de Ikea aparece el susodicho con un ridículo cojín de corazón y me suelta “¡Mira esto!” a lo que yo, avispada como nunca le devolví un certero “¿Y eso de nada de mirar chorradas, qué?”. Así que nada, se abrió la veda, y así nos fue. Hasta las cejas de cosas.

Y no, no tenemos cojín de corazón, que es una horterada y solo lo miramos por hacer la gracia, que os veo.

En cualquier caso, ir por Ikea cada uno metiendo las cosas que nos apetecía no revistió de la menor gravedad; el problema fue al tener que ponernos de acuerdo en algunos muebles críticos. Vuelvo a apoyarme en la sabiduría popular, porque es muy cierto que ir a Ikea en pareja es una actividad de alto voltaje: la discusión está asegurada. En esta última excursión estuve planteándome la idea de que inmediatamente antes de las cajas hubiese una zona para realizar divorcios exprés porque ¡Uf! Me puse negra.

De todas maneras, no deja de ser un consuelo pensar que no eres la única pareja en tensión en Ikea, porque mientras paseamos por allí escuchamos frases como:

“¿Se te ha ocurrido pensar que igual yo también quiero tener un asiento en el que poder sentarme?” –Pasivo agresivo sarcástico.

“¿Eso? Pero ¿Dónde quieres meter eso, si puede saberse?”-Tiquismiquis.

“Eso es un aborto” y también a pleno pulmón “¡NO, ESO NO!”-Directo e implacable.

“¿Pero para qué quieres un cortapizzas? Eso es una chorrada, si con un cuchillo o unas tijeras ya está. Esto son cosas de tu madre que es una pija, pero ya puedes olvidarte del cortapizzas, que no lo vamos a comprar”-Riesgo de divorcio evidente, y con la supuesta suegra pija en contra por toda la eternidad.

Y nosotros dos, a pesar de que en el día a día somos como dos algodoncitos de azúcar dulces y empalagosos, tampoco nos quedamos atrás. Todo por ese famoso armario que se ha comido la perra. Estaba claro que íbamos a por un armario nuevecito para casa, y de repente ya hasta eso se puso en duda.
 

Primero miramos los modelos de armario que vienen ya “hechos”, y ninguno nos valía. Con lo cual, había que hacer uno de esos modulares a nuestro gusto con una amable dependienta, o eso era lo que creía yo, porque ¡Ay amigo! Aquí llegó el origen de la ciclogénesis explosiva: mi Querido Novio encontró que vendían puertas de armarios sueltas –se ve que no estaban lo suficientemente escondidas en la exposición y dio con ellas, cachis- y quería ver si podrían comprarse las puertas solas. Yo, que odio en secreto ese armario cochambroso que tenemos, quería deshacerme de él como la mafia se deshace de esa gente que le molesta -discretamente pero sin piedad-. El tercer factor desestabilizador en esta historia es mi padre que no sé si está mayor o es un empanado que va a su bola y pasa del mundo.

Le llamamos para preguntarle las medidas de las puertas del armario (Porque claro, medidas del espacio teníamos, pero de las puertas solo no). Al buen hombre le metimos en un marrón, pero es que vivimos a 8 minutos de distancia y era una cosa rápida. Bien, tardó DOS HORAS Y MEDIA. En ese entreacto: no encontraba las llaves de mi casa, llamó a mi madre para que le dijera dónde estaban pero no le cogió el teléfono, encontró las llaves él solo, fue a mi casa, las llaves que había cogido no eran las llaves de mi casa, volvió a su casa, volvió a llamar a mi madre que pasó de él nuevamente, consiguió encontrar las famosas llaves, esta vez sí, fue otra vez a mi casa y entró.

Y dentro de mi casa estaba el bendito padre de mi Querido Novio que no tardó dos horas en encontrar las puñeteras llaves de las pelotas. Yo, mientras tanto, llenaba el carro de chorradas para paliar el estrés.

Le hubiera sacado los ojos.

Ese tiempo de espera en Ikea con mi padre llamando para decir “No encuentro las llaves” después “Sí, ya están” después “No, que no eran las llaves”, y sucesivas llamadas consiguieron desquiciarme hasta límites insospechados. Todo ello para encima tener como fin el mantener ese odiado armario en casa forever. Así que mi conversación tensa en Ikea con mi Querido Novio era: “Pero vamos a ver, si teníamos claro que veníamos a Ikea precisamente a comprar un armario porque el otro da asco, ¿Por qué estamos ahora mirando las medidas de las puertas de los armarios? Si queremos un armario entero nuevo, ¡Joder!”

Y la gente pasaba y nos miraba pensando “Pues sí que es verdad que Ikea es foco de broncas, sí”. Total, que el padre de mi amado novio nos dio las medidas de las puertas y no eran válidas. Casi casi me marco un bailecito de la victoria como si fuese Neymar, pero me contuve y pude decir así con una cara de pena impostadísima: “Bueno, pues ahora ya solo nos queda mirar el armario modular a nuestra medida”.

¡VICTORIA! Me llevé el gato al agua.

Sin embargo, el Karma es astuto y a veces hasta es cachondo como él solo. Resulta que al llevarnos todo a casa y montar el armario… ¡Las puertas que nos hemos traído no son válidas! ¡Son pequeñas! Ay, el Karma, qué cachondo es.

Apuesto a que tengo a mi Querido Novio disimulando sus ganas de marcarse un “¡Vamos! ¡Toma puertas!” al más puro estilo de Rafa Nadal y darme en el morro.


 
Menos mal que es un amor y no lo hace, más majo él. Ahora somos dos algodoncitos de azúcar en nuestra remodelada casa de Ikea con armarios sin puertas. Y tan pichis. Las puertas ya llegarán.