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15 de julio de 2013

DIAMONDS ARE A GIRL’S BEST FRIEND


Antes de comenzar el escrito de hoy, una nota aclaratoria, que luego me la voy a ganar: el contenido de estas entradas son deformaciones de la realidad, exageraciones, invenciones, y no tienen por qué ser lo que pienso en absoluto. ¿Eh, cari?

Así que nada de morros en la comida. Y ¡Un besote, cosita, que me estás leyendo, sí, tú!

Dicho esto, hombres del mundo, os voy a dar la clave definitiva para acertar con los regalos que tengáis que hacer a cualquier mujer en cualquier ocasión. Incluso si os queda toda una vida por delante haciéndole regalos. Incluso si os encontráis sin ninguna idea de qué regalar. Incluso si lleváis años haciéndole regalos ya. Apuntad a fuego esto que os voy a decir, que es la clave de la felicidad: nunca, nunca jamás, never, ever, jamais, nunca, tendremos suficientes bolsos, zapatos, o ropa. Podéis regalarnos de eso todo el rato. Sin parar, sin parar, sin parar. Que nos gustará, siempre, todo el rato, mucho. Será un acierto. Garantizado.



Y eso, chicos, es todo lo que necesitáis saber. Con esta lección de vida podría dar por zanjada la entrada de hoy, pero no, vamos a hacer un poco de sangre aquí porque la ocasión lo merece.

Resulta que este fin de semana hace un lustro empecé a salir con el que hoy es mi compañero de piso y casualmente también mi querido novio. Una efeméride a celebrar, sin duda, pues hemos sobrevivido a numerosos contratiempos, como por ejemplo no sacarnos los ojos a cuenta de nuestra amada perra. Una efeméride a celebrar, pero la semana pasada la conversación con mi amado novio fue la siguiente:

-He estado hablando con éstos a la mañana. Estamos barajando la posibilidad de ir a pasar el día el sábado todos juntos a Pamplona. Ahí San Fermín, aperitivo, comer por ahí, copas e igual incluso conseguimos entradas para los toros y todo. Es un planazo. Yo ya he dicho que sí. ¡Viva San Fermín!- Le dije yo, todo contenta.

-Pero, ¿y el sábado?

-Sí.

-Pero, ¿Y  les has dicho ya que sí?

-Sí, claro. Qué pasa.

-¿Pero entonces vas a ir a Pamplona el sábado?

-Pues sí, sí, sábado, Pamplona, en eso hemos quedado. Pamplona, San Fermín. ¡Viva San Fermín!

-No, no, yo te lo decía porque como este fin de semana era nuestro aniversario…

- AY, JODER.- EPIC FAIL de los gordos.

 
 
Sí, se me había olvidado por completo. No tenía interiorizado para nada esto del aniversario. Vamos, que quedé fatal. Encima, al decirles a mis amigos que abortaba el plan San Fermín porque era mi aniversario y se me había olvidado por completo no veáis las risas. “Anda que vaya cabeza” “No me puedo creer que tú hayas olvidado el aniversario y él se haya acordado” “Parecéis los de matrimoniadas a la inversa”. En conclusión: quedé horriblemente mal y encima se han reído de mi persona a base de bien.

Pero sigamos hablando de este fantástico fin de semana de amor desenfrenado. Porque sí, aun queda tela que cortar. Recuperemos el tema de los regalos.

La emoción por el aniversario olvidado me hizo saltarme a la torera el pacto que teníamos de “Este año no nos hacemos regalo por el aniversario, porque nuestro regalo son nuestras vacaciones. Nada de regalos ¿eh? Pero en serio, nada de nada. Nada. Vale, trato hecho” y salir a comprar cositas para mi amore. El motivo fundamental para saltarme el pacto es que mi querido novio se lo salta siempre.

Mi amado, según parece, es de esos chicos que ha cogido alguna vez un Cosmopolitan entre sus manos y ha leído uno de esos artículos que recomienda entre fotos de gente enamorada “¡Sorprende a tu pareja!”. Y él sigue la recomendación a rajatabla, que para algo es ingeniero. Así que, la verdad, tengo mucha suerte porque siempre recibo detallitos chulos, regalos bonitos o regalazos increíbles.

Sin embargo, ay amiga, no todo iba a ser de color de rosa.

Yo le compré unos zapatos preciosos, que él ya había visto y que le gustaban mucho. Iba sobre seguro, soy así. Comprar regalos para hombre me resulta complicadísimo y entro en tensión cada vez que llega un cumpleaños, aniversario o Reyes Magos para caballero. Me da una inseguridad tremenda. Pero estaba feliz con mis zapatos acierto seguro. No me aguantaba la ilusión, y como sabía de la mentalidad “Sorprende a tu pareja” me dije “Ya sé. Se los voy a dar hoy mismo, que no es nuestro aniversario. Cumplo el pacto y por una vez soy yo la que sorprendo a mi pareja. Madre mía ¡Qué astuta soy!”.
 



Así que el mismo miércoles le di mi regalo. ¿Y qué pasó? Pues que él también tenía su regalo para mí. Si es que esto de “sorprende a tu pareja” es una lucha encarnizada agotadora. Él había vuelto a ganar la partida.

Total, que me da mi regalo, un miércoles, y quiero máxima atención aquí y ahora porque mi terroncito de azúcar me regaló, de regalo de aniversario, por estar un lustro entero juntos sin sacarnos los ojos, redoble de tambores por favor…

Un pulsómetro.

Y se quedó tan ancho.

Desde el miércoles llevo estudiando las reacciones cada vez que digo “Mi novio me ha regalado un pulsómetro” y sois todos iguales, que lo sepáis.

Ellas: Se les congela la sonrisa que tienen en la cara y abren los ojos como platos. La idea del pulsómetro les espanta, normal. Pero bueno, sonríen amablemente y mientras su mirada dice claramente “te acompaño en el sentimiento” su boca dice “Pues qué bien, ¿no? Ahora que estás a tope con el gimnasio”.

Ellos: Les brillan los ojos de la emoción. “Joder, qué guapo el pulsómetro, ahí blanco. Además este modelo hace mogollón de cosas. Es un regalo súper útil, qué suerte”. Y les parece un regalo de los buenos buenos.

Ellas-amigas: Se ríen de mí. Así, sin paliativos ni nada. Se ríen de mí, y se apiadan de mí también. Pero sobre todo se ríen. Dicen “Ay pobre, un pulsómetro  ¿Pero este chico no conoce Zara? Y además estando en rebajas…qué pena, qué pena”
 
 

Vamos a ver, gente del mundo que tenéis a bien leerme. Un pulsómetro no es un regalo de aniversario. No. Es muy útil, sí. Es bonito, bueno, es discutible porque las cosas deportivas bonitas, bonitas, no son. Aunque sean blancas. Hace muchas cosas, es posible pero no tengo ni idea porque tengo que estudiar las instrucciones. Lo voy a usar, probablemente, si sigo yendo al gimnasio sí lo usaré. Pero ya os garantizo yo que, por mucho que se me hubiera olvidado que era el aniversario, eso no es en absoluto un regalo de aniversario.

Sé que os parece increíble que queramos tener más bolsos o más zapatos, que ya tenemos muchos de esos, que os cuesta dolores de cabeza dar con algo genuino, útil y que no tenemos aun. Pero no, no queremos nada genuino y por supuesto no queremos nada útil. Útiles son los calcetines. Y estoy bastante convencida de que vosotros no queréis calcetines de regalo de aniversario.

Dicho esto, os diré que en realidad lo del pulsómetro ha sido una bendición. Ahora tengo el bicho ese que usaré en el gimnasio, y por otro lado tengo permiso moral para irme de rebajas. Ya tengo dos vestidos nuevos. Hoy me compro unos taconazos, lo estoy viendo.



Y, entre tú y yo, ahora que no nos oye nadie, te diré que yo creo que no me gasto el dinero en comprarme un pulsómetro de esos ni de broma, vamos. Así que mira, ahora ya lo tengo y yo me gasto el dinero en algo que me haga ilusión. Y es que a veces no hay mejor regalo que mimarse a una misma.
 

8 de julio de 2013

FAN FAN FATAL, PERDIDA ENTRE UNA NIEBLA DE RECORTES DE PRENSA

No os preocupéis que hoy no os pienso volver a hablar de mis peripecias como súper fan-fan de los Hombres G. Ser fan no es solo para grupos de música, puedes hacerte groupie de muchas otras cosas más, y además, a veces incluso más alcanzables.

Yo, en mi caso, y en parte influenciada por las cosas del amor, soy fan a ultranza de mi querido novio.

Mi amado, del que ya os he hablado en alguna ocasión, es un chico que entró hace un par de años en la crisis de los 30. Ningún hombre os hablará de ella, pero existe. Todo hombre que se aproxima a los 30 entra en pánico en algún momento y se dice a sí mismo “oh, Dios mío, ya casi tengo treinta años, pero no, yo soy joven, qué digo joven, soy jovencísimo, y voy a hacer deporte como cuando era un pipiolo”.

De este modo se ponen con sus 30 tacos sobre su espalda a correr como descosidos, nadar como sirenas, o peor aún, jugar a Fútbol 7 con sus amigotes como cuando tenían 16 años, con el agravante de que a ellos los 16 les pillan lejísimos, y sin embargo, sus contrarios en el fútbol sí gozan de esa lozana edad. Y las comparaciones son odiosas. Muy odiosas, de hecho; con lo cual, esos partidos suelen ser dramáticos.

Afortunadamente, mi querido novio es futbolero pero lo de jugar al fútbol lo ha dejado en stand by. Sus zapatillas de fútbol están guardadas no vaya a ser que un día le llame el mismísimo Messi para echar una pachanga de domingo y él no esté preparado, pero ya no lo practica. Desde hace dos años sale a correr con asiduidad, pero claro, ese es un deporte que no hace quipo, el vínculo de tener a los amigos sufriendo juntos se pierde, y eso sí que no puede ser. Los amigotes tienen que sufrir juntos.

Y para sufrir todos juntos en amor y compañía, mi querido novio monta en bici. Monta en Montain Bike, para ser más exactos.

¿Y qué significa esto? Pues que todos los amigotes tienen sendas bicicletas y trajes ridículos de ciclista – lo siento por todos los ciclistas del mundo pero esos trajes que os ponéis son mal, ¡Son mal! – y se van los sábados por la mañana con sus juguetes a matarse a hacer kilómetros por el monte. Y yo que leo el Cosmopolitan, y el Cosmopolitan reza que hay que apoyar los hobbies de tu pareja, le aplaudo y le hago la ola y me intereso por sus rutas por parajes naturales perdidos de la mano de Dios. Así, cuando llega a casa pongo cara de interesante y le pregunto, y él todo contento me cuenta.

Pero claro, esto de interesarse por el recorrido una vez ha terminado la ruta es cómodo, pero no es muy de “Cosmo dice: apoya a tu pareja en sus hobbies”, menos aun cuando se apunta a estas carreras populares donde van miles de ciclistas a hacer la misma ruta todos juntitos. No, no, no. Y eso tenía que cambiar. Así que, aprovechando que tengo una amiga cuyo novio también es un frikiciclista e iban ambos a hacer la misma ruta, nos fuimos con ellos a hacer de supportive girlfriends. Supera esa, Cosmopolitan.

Total, que el pasado fin de semana nos fuimos mi amiga y yo, con nuestros respectivos, sus bicis y con la perra a Tudela, a verles hacer la “Extreme Bardenas”. La Extreme, para aquellos afortunados que no la conozcáis, es  una ruta de unos 100 kilómetros que hay por mitad del desierto que hay por allí, y a la que se apuntaron 1.345 frikicilistas. Pero ninguno de los que recorrieron la ruta vivieron la Extreme como lo hicimos nosotras, eso seguro segurísimo.

Aquí mi amiga y yo, de aquí en adelante Pin y Pon, amanecimos junto con los atletas el domingo… ¡A las 6 de la mañana! Vamos, que si eso no es apoyar a tu pareja me planto en la redacción del Cosmopolitan a arrancar las largas cabelleras de las periodistas que van recomendando eso por la vida. Bueno, 6 de la mañana, y nos vamos a un pueblo aún más perdido de la mano de Dios donde estaba la salida… ¡Y aquello estaba que no cabía un alma! ¡Y eran las 7:30! Increíble. Y qué sueño.

Y no os lo perdáis que nos fuimos a esa hora porque… había que coger sitio para la salida. Sí, sí. Que la salida era a las 8:30 pero estuvimos una hora mirándolos hacer cola antes de la salida. Eso sí, había un ambientazo que daban ganas de coger la bici y hacer la ruta. Todos nerviosos apelotonándose en la línea de salida, música motivante a tope, y un señor speaker que no entendía que hablando al micro no era necesario gritar y nos estaba dejando sordas. Así llegó la salida: 8:30, cohete, confetis por el cielo, e It’s the final countdown sonando… y los ciclistas saliendo andando apoyando los pies en el suelo porque eran tantos que no podían salir rodando. Pues sí que empezábamos bien.

Total, que ahí los frikiciclistas se fueron pensando “buah, chavalote, menudo ambiente hemos dejado en el pueblo este” y la realidad fue que según se fueron todos quitaron la música de cuajo y que allí no había ni un alma. Todas las casas cerradas, nadie por la calle, y Pin, Pon y la perra buscando dónde desayunar. Menos mal que nos abrieron el bar de la piscina municipal y la población del pueblo pasó a ser: Pin, Pon, la perra y la camarera de la piscina municipal. Vamos, que de ambiente, nanai de la China.
Tras un opíparo desayuno nos fuimos plano en mano a hacer lo que teníamos que hacer, o sea, hacer de groupies. Cogimos el coche y nos fuimos a ver a nuestros chicos en plena acción para darles ánimos. Hicimos dos paradas y la meta, y en las dos dimos la nota. Es nuestro sino.

La parada 1 estaba en medio de una carretera Nacional que habían cortado para que los frikiciclistas pasaran de un trozo de desierto a otro trozo de desierto. Nos plantamos ahí con unos pocos que habían ido a hacer de groupies y un montón a los que les habían cortado la carretera “por culpa de la mierda esta de carrera o no sé yo el qué se han montado aquí hoy”.

Nosotras nos quedamos casi hasta que pasó por ahí el último de los 1.345 ciclistas, y claro, la gente que había mirando fue descendiendo drásticamente, hasta que solo estábamos: Pin, Pon, la perra y el Guardia Civil que estaba cortando la carretera e indicando a los frikiciclistas por dónde ir. Y eso de estar en medio de la nada pasando calor une mucho. Y nosotras que somos de natural charlatán pues nos hicimos amigas del Guardia Civil.

Que si “No sé si habrán pasado ya vuestros novios, si me preguntarais si he visto pasar en mallot negro a una rubia espectacular pues igual me acordaría, pero así un chico alto… pues no”, que si “Ah, qué suerte, que tú ya lo has visto y te ha dado un beso, y no vas tú y dices que qué asco el beso con polvo y con sudor ¡Ahora entiendo yo por qué mi mujer cuando llego a casa me dice “tu dúchate que yo te preparo la comida” mientras me hace la cobra!”, que si "¡Qué gracioso! Que te han dicho "eso es una cuerpo y no el de la Guardia Civil" ¿no lo habéis oído?", que si “Oye, chicas, en vista de que los corredores os miran más a vosotras que a mí, corto yo el tráfico y vosotras les indicáis por dónde tienen que seguir”.Y nada, ahí estuvimos diciendo a todos los frikiciclistas “¡Muy bien, chicos! ¡Es por ahí!”, y el señor agente de la ley apuntó nuestra sugerencia de poner un cartel con una flecha indicando el camino para próximas ediciones de la carrera. A ver si se cree que va a tener a dos niñas monas con un perro indicando a 1.345 bicicletas por dónde tienen que ir. Y alucinad en colores, que nos despedimos del señor agente de la ley con dos besos y nos hicimos fotos con él. Nosotras con nuestra cámara, y él con su móvil. Y eso que nosotras, preocupadas por su uniforme le preguntamos “¿pero puedes sacarte fotos estando de servicio?” y él nos dijo que sí, que no nos preocupáramos que no iba a subir las fotos a ningún lado, y que podía sacarse las fotos y que le gusta tener recuerdos de gente simpática con la que se va cruzando en el trabajo. ¡Muy majo!

La parada 2 se suponía que iba a ser larga y aburrida, y teniendo en cuenta los solísimas que habíamos estado el resto de la mañana íbamos a estar solas en medio del desierto. Por este motivo, habíamos planeado un shooting (vamos, una sesión de fotos de toda la vida) de la marca de bisutería que lleva mi amiga en medio del desierto. Pin, Pon y la perra de shooting con collares, pulseras, anillos, en medio del desierto, sin un alma alrededor, haciendo tiempo hasta hacer de groupie.

Sí, me hace mucha gracia la palabra shooting. Ya escribirla ni os cuento.

Total, que nuestro plan se fue a la mierda. Llegamos a donde teníamos que verlos, ¡y aquello estaba petado! O sea que eso de desierto, soledad, joyas y shooting se fue al traste. Yo que llevaba ya una semana pensando “bueno, bueno, voy a hacer de modelo en medio de la nada poniéndome pulseritas y así, y voy a contar aquí en el blog qué tal eso de hacer de supermodelo de shooting en el desierto” y llegamos y ahí estaba todo lleno de domingueros con sus neveras esperando a los ciclistas.

Sin embargo, nosotras somos unas profesionales, y el shooting de Unea (¡mirad su Fan Page de Facebook!) estaba apalabrado. Así que disimuladamente yo me llené los brazos de pulseras hasta el codo, y me puse collares por delante y por detrás. La otra cogió la cámara y click, click, click, nos hicimos las fotos. Fue un shooting acelerado, porque los ciclistas llegaron en seguida, y encubierto, porque eso de posar no sucedió.

Sin embargo, sí, dimos la nota. Todo el mundo a nuestro alrededor se dio cuenta de la jugada y nos miraba con cara de “¿Pero estas dos pavas qué hacen?”. Pero bueno, profesionalidad ante todo.

Así las cosas, bajamos a meta y dimos saltos de alegría cuando llegaron nuestros chicos. Ellos tan contentos, y nosotras, la verdad, que lo pasamos bien. ¡A mí se me hizo cortísima la mañana! Hacer de groupie es lo más.

Ah, y a la perra la fundimos. El día más largo en la calle de su vida. Ha pasado de odiar ir en coche a casi tirarse de cabeza en el coche de cualquiera cuando ve una puerta abierta. Si es que echarse una siestecita con el aire acondicionado puesto es un lujo perruno.