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14 de octubre de 2013

GAUDEAMUS IGITUR, IUVENES DUM SUMUS


Supongo que muchos de vosotros estaréis entrando aquí con un ojo cerrado para no ver con todo su esplendor toda mi ira cayendo sobre mi Querido Novio, que se metió por aquí sin mi consentimiento y además me puso a caer de un burro en el post la semana pasada.

No obstante, el jodío ha sabido bien cuándo entrar, porque el viernes es su cumpleaños y ahora está oficialmente bajo la protección del cumpleañero. No vale enfadarse, ni malos rollos ni nada. Ahora todo es felicidad y “¿qué será, qué será el regalo de tu cumple?”.

Ahora las conversaciones son del tipo:

-Cosita bonita, capullito de alelí, el viernes tu cumpleañitos, yupi. ¿Y qué te va a caer de regalo, eh, eh, eh?

-Ah, pero ¿Ya tienes mi regalo comprado?

-Pues claro que sí, ¡cosita! Desde hace un  montón.

-¿Y qué es? ¿Qué es? Ay qué nervios.

-UN PULSÓMETRO PARA QUE TE JODAS. Que nooooo, ¡tontín!

De manera que la sangre no ha llegado al río. Hay coñas, pero no sangre.
 
 

Para los que me habéis preguntado “¿Oye pero… estáis bien ahora vosotros?” O también “¿Cómo de cómodo es vuestro sofá? Porque ¿vais a dormir juntos después de esto?” os diré que todo va bien, sobre ruedas, como siempre. También para una preocupada amiga-cuñada Torpe que me escribió “oye por favor arreglad esto que yo quiero boda. ¡Quiero ponerme una pamela por una vez en mi vida!”. Tranquilidad, no sé nada de bodas pero montaremos algún sarao, y te pones lo que quieras.

Así que, dejamos al Querido Novio a un lado, y cambiamos de tema. Porque ay amigos, en qué jardín me he metido.

Como mi vida no es completa, y me sobra tiempo a raudales, voy a volver a estudiar. A pesar de trabajar cara al público en una pecera, ir a hacer el ridículo al gimnasio tres veces por semana mínimo, escribir este blog (que os creéis que esto son cinco minutitos de ji ji ji, ja ja ja, y post listo, y nada más lejos de la realidad) y tener una perra ansiosa, he decidido que me faltaba algo más para rellenar mi “tiempo libre”.

Una chispa, un meneo, un aliciente a mi día a día. Porque yo soy muy de apalancarme en el sofá si tengo esa oportunidad, y una vez me meto ahí ya no me sacáis de ese bucle de vaguerío de perdición. Porque sin hacer nada se está muy a gustito, para qué engañarnos.

Pero no, amigos míos, yo me he sobrepuesto a mis ganas de tocarme mi pequeña nariz y me he ido al otro extremo. Voy a estudiar, sí, pero nada de cursillitos tontos de unas pocas horas, que eso es una chufla para rellenar currículum. Yo voy a lo grande: vuelvo a la Universidad a hacerme un Máster.

Ole ahí.
 
 

Total, que como me va la marcha, y a su vez soy un desastre en lo que a tener fuerza de voluntad se refiere, el máster es presencial 100%, y así me obligo a ir. Tengo clase los viernes tarde (absolutamente toda la tarde) y sábados por la mañana (absolutamente toda la mañana) en una facultad que no puede decirse que esté cerca de casa precisamente. Está en la provincia de al lado.

Y eso de que esté en la provincia de al lado significa que los viernes por la noche voy a pernoctar en hostaluchos y pensioncillas, que voy a viajar en autobús más que en el resto de mi vida entera, y, presumiblemente, que retomaré los “viernes universitarios” de cenas y “cañas” (yo iré a vinos blancos o Martinis, que la cerveza… no).

Para comenzar la fase académica con buen pie os diré que tres días antes de empezar las clases me fui a una papelería y arrasé con todo. Porque aquel anuncio de El Corte Inglés que rezaba “volver a estrenar zapatos y libros…” ha hecho mucho daño a nuestra generación, y ya vamos cada año con la tara de tener que comprar material escolar nuevecito y resplandeciente (y, en mi caso, el más caro de la tienda).

Me planté en clase con un precioso estuche de coches de colores, una funda para los apuntes, y bolis y rotuladores de la más diversa índole (porque no, un solo boli azul o negro no es suficiente, hay que darle COLOR a los apuntes, que si no, vaya rollazo). Asimismo, me compré una carpeta clasificadora para guardar los apuntes en casa una vez ya usados y paseados de provincia en provincia.

 Preciosa. Rosa. Forrada en piel de mentira.

La más cara de toda la tienda. Y cuando digo la más, es LA MÁS. Que una carpeta normal cuesta como 3,50€ y la mía me salió por nada menos que 18 Eurazos. Que estaba yo en la cola de la caja pensando “Pero Bailarina, vamos a ver, si es una puñetera carpeta ¿qué más dará el color? ¿Tan importante es que sea rosita?” y me respondía a mí misma “Sí, sí, me importa. Quiero esta que mira qué mona es… y lo necesito para motivarme” y me volvía a decir “anda que vaya tipa, estás hecha una cursi y una imbécil, porque vas a pagar un dineral por la chorrada de que sea rosa” y la discusión mental acabó con un “pues sí, seré gilipollas, pero esta carpeta rosa que me cuesta un ojo de la cara me la pago yo y yo me la llevo para casa, ea”.


 
Y así fue, y lo mejor de todo es que reunidas el comité de sabias (léase Torpe, Friki y Cremitas) acordamos que había hecho muy requetebién comprando esa carpeta y no esos otros abortos de carpetas de colores infumables. Porque como muy bien me dijo Friki, que es Doctora en Psicología  “Has hecho muy bien, que esa carpeta luego queda para siempre, y siempre no se puede ser cutre”.

Y si una Doctora te dice eso, pues te quedas reforzada.

Pero no todo es estudiar. Para comenzar la fase lúdica del máster con buen pie os diré que según llegamos a clase teníamos a uno de los “veteranos”, que está acabando su máster ahora, para darnos una calurosa bienvenida. En un plan “aquí te pillo aquí te mato” de libro, le pidió permiso a la profesora para meterse en el aula, y cuando le dijo que sí, se subió a la mesa de los ponentes para darnos su particular speech inaugural. Desde allí, nos vino a decir cuatro cositas sobre el máster y… que teníamos cena de clases a la noche. Nos habían reservado mesa, ellos ejercían de Pigmalión con nosotros y nos descubrían el sector hostelero nocturno de la ciudad.

Pues oye, ni mil palabras más. Si nos organizan una cena, tendremos que ir.

Y fuimos, claro. Para algo tenía yo cogida una pensión chunga. Cuantas menos horas pasara allí, mejor.

Total, que como yo soy “de los de fuera” y los viernes de aquí a diciembre de 2014 la gente me tiene que sacar a cenar por ahí sí o sí, sean de la ciudad o pernoctadores de hostales como yo, pues ahí estuve, al pie del cañón. Making friends. Desde luego los de mi edición del máster estarán contentos porque al final me quedé como la única representante de la clase –y por alguna extraña razón a ninguno de mis amigos “de verdad” les pareció raro que me quedara hasta el final cuando les conté la cena. Por qué será-. El último compañero me abandonó a las 5 de la mañana, y yo me quedé hasta las 6 con los de la edición pasada del máster, que acaban sus clases en diciembre.
 




Es decir, un plan abrazafarolas inimitable. Que me daba igual a quién me pusieran ahí para hacerme compañía que yo me iba con ellos sin dudar. De vez en cuando hacíamos una “ronda de nombres” para ver quién era quién, y listo. La gente de los grupos a nuestro alrededor flipaba en colorines, claro, porque éramos el grupo más animado de cada bar al que entrábamos y no teníamos muy claro quién venía con nosotros y quién no.

Total, que el viernes vuelvo a clase con las presumibles miraditas entre nosotros de “ey, el viernes pasado, qué guay estuvo, ¿eh?”. Y tan mal no estaría porque ya estamos organizando la siguiente cena. Ahí, una clase comprometida con las actividades extra para “hacer equipo”.

Vuelta a la uni. ¡Qué suerte la mía!

Acabo mi post de hoy con una nota para mis queridas amigas: me consta que habéis estado elucubrando anécdotas en las que no salgo precisamente bien parada, todo para establecer una alianza común con mi Querido novio y en contra de mi persona.

Anécdotas del tipo “¿os acordáis de cuando nos invitó a cenar a su casa y total que tenía que hacer un writing para sus clases de inglés y nos hizo estar ahí a todas en la mesa elucubrando ideas y traduciéndolas al inglés? Parecía una negrera. ¡Si hasta las 11 de la noche no nos dio de cenar!”.

A vosotras os digo: sentíos completamente libres de escribir lo que os plazca, porque estar a las duras y a las maduras es lo que tiene. Que se os quiere, y por eso aquí tenéis barra libre.
 
 

Eso sí, no me hagáis otro blog que me creáis competencia desleal y me quedo sin visitas y eso sí que no puede ser.

7 de octubre de 2013

QUERIDA MUJER (DOS PUNTOS) NO ME HAGAS SUFRIR (COMA)


Buenos días, lectores:

 

En vista de que Bailarina va a hacer ya seis meses que está pico y pala escribiendo en el blog, y no hay lunes en el que no vuele ninguna pulla teledirigida hacia mi persona, hoy he decidido asaltar esta web y escribir todo lo que pienso.

 

Vale, la pasada semana no escribió sobre mi pero ese rollo perdonavidas “hoy te dejo en paz y no escribo sobre ti” colmó mi paciencia.

 

Para las amigas de Bailarina: tengo las claves de este blog. Si queréis quedamos y os las paso. Así podéis rebatir todas las injurias que dice sobre vosotras en el mismo sitio, sin necesidad de que hagáis un contrablog. Y de paso la ponéis verde y hacemos frente común.

 

Voy a presentarme: sí, soy el “Querido Novio” de la susodicha y vengo decidido a cobrarme mi venganza con la misma moneda: vía blog. Nunca una terapia de pareja había salido tan barata.

 


Comenzaré diciendo que, como buen novio, no hay lunes en el que no entre en el blog a leer aquello que a la niña se le haya pasado por la cabeza. Leo el post y, por supuesto, me dedico a obviar los puñales que llevan mi nombre; me hago el sueco y después en casa hago como si ninguno de sus sarcásticos comentarios llenos de mala baba me hubiesen tocado las pelotas sobremanera. Sin embargo, para ella eso no es suficiente, hay que decirle que has entrado y has leído el post, y no solo eso, sino que además te ha encantado. De manera que cada lunes voy mejorando mi sonrisa falsa de “Qué divertida eres, cariño. ¿Molestarme por lo que has puesto? No, no, qué va, por favor, qué cosas tienes, si es todo de bromi. Sí, sí. Yo también te quiero”.

 

Pero ya he tenido suficiente. Basta ya.

 

Y es que cada vez hay más gente que lee este blog, que, personalmente diré que tiene su gracia pero no deja de ser una chorrada, y toda esa gente es conocida de la niña. Es decir, le conoce, sabe quién es ella y, en consecuencia, sabe quién soy yo. Con lo cual, todo el puto mundo sabe qué nos pasa y qué cosas “hago mal”.

 

Todo ello, por supuesto, contado desde el punto de vista totalmente sesgado y deforme de “La Bailarina”, que pone lo que le viene bien a ella y evita escribir las cosas que le dejan en mal lugar. Total, que la mayoría de cosas tienen un 10% de verdad y el resto son burdas mentiras que os creéis.

 

Y como si toda esta difamación gratuita por alguien que se supone que te quiere no fuera suficiente, encima ahora la gente a mi alrededor me dice cosas, ¡A mí! Que ni pincho ni corto ni tengo nada que ver con este blog.

 

Me dicen cosas como:

 

“Ay, pero qué buenísima idea tuviste al regalarle un perro a tu novia ¿Eh, eh? Estuviste sembrado, chavalote. Creo que aun se sigue acordando de tu madre. Te ha puesto de vuelta y media en el blog, ¿lo has visto?”

 

Pues claro que lo he visto, imbécil.

 


 

“Así que tuvisteis pollo en Ikea, qué esperable. Nosotros ya hemos aprendido a hacer una lista súper clara de lo que necesitamos y no cogemos absolutamente nada más. Así ya no discutimos”

 

Un listo. Pero por si acaso fueron a Ikea dos veces y no han vuelto a ir.

 

“Bueno bueno, bueno. Qué tiquismiquis con que tu novia te deja las etiquetas de las cosas que se compra por ahí; no será para tanto chico, si además es algo que hacemos todas. Es que te pones frenético por unas cosas que…”

 

Una amiga haciendo frente común con mi novia. Cuando luego los puñales le cayeron a ella ya cambió el discurso.

 

“Vaya novio de mierda estás hecho. O sea que hacéis cinco años juntos ¿Y solo se te ocurre regalarle un pulsómetro? ¿Pero se te ha ido la olla o qué? No te digo que le plantes un anillo de compromiso pero joder… que eso es un básico. Anda que estará contenta la pobre con el regalo. Me regalan a mí eso y se lo tiro a la cara.”

 

Una que no sabía la historia porque la niña no cuenta que llevaba TRES MESES diciendo que necesitaba un pulsómetro para el gimnasio. “Porque si no es que no puedo hacer spinning porque no sé cuánto tengo que apretar la resistencia de la bici y claro, pues no puedo hacer”. Ya.

 

Y también comentarios hirientes como “tu novia herida por la picadura de un pez araña y tú ahí impasible como un ogro y encima sin creerle, hay que joderse, eres lo peor”.

 

Esa, para más inri, fue mi propia hermana -Torpe- y ya tuve que aclararle cómo fue toda la historia en realidad.

 

Bien, como decía Jack el destripador, vayamos por partes:

 

Aunque no lo parezca, soy un novio MARAVILLOSO. Algo maniático del orden e incluso que puede que demasiado organizado –me viene de formación- pero absolutamente todo lo que hago es para agradar a la puñetera novia que me he echado.

 





La perra fue un regalo mío, sí, y es cierto que es una perra especial que nos ha dado mucha guerra. PERO ELLA QUERÍA UN PERRO. Ahora va diciendo a las amigas no se qué burda patraña de que ella decía que “le gustaban los perros pero era mucha responsabilidad” o que “era un cambio de vida y que no estaba dispuesta a sacrificarse”. Bla, bla, bla.

 

Mentira.

 

Cada vez que se paraba por la calle a acariciar un perro –y se paraba con todos los que encontraba, y hay un montón de perros en esta ciudad- la frase que repetía sin parar era “es que yo quiero un perroooooooo” y me ponía ojos de corderito. Igual que tener una niña de cuatro años.

 

Nada de “es una responsabilidad” ni nada que se le parezca remotamente. Y le regalé un perro, y encima me comí una bronca que te cagas.

 

Y lo mismo pasó con el pulsómetro, porque aquí la niña cuenta lo que le da la gana para dejarme mal. Quedamos en no hacernos regalos de aniversario, pero yo que quería sorprenderla me salté el acuerdo y le compré el reloj que, además, es un pulsómetro que te cagas y mide un montón de cosas, no os creáis.

 

Y ella quería un pulsómetro. Así que tan malo no soy. Y ella tampoco es tan buena como se pinta.

 
 

Porque vuestra amiga Bailarina evita contar que es un auténtico rollo de mujer. Desordenada hasta la extenuación y caótica en todo lo que hace. Deja todo tirado, no solo las etiquetas de la ropa. Que os creéis vosotros que yo me desquicio con dos trozos de cartón y no, los trozos de cartón son la gota que colma un vaso lleno de ropa, bolsos, pañuelos y zapatos tirados, cacharros sin fregar y demás mierdas desperdigadas por casa.

 

Y ese caos lo tiene metido en su ADN porque ella va por la vida así, sin orden ni concierto, dando vueltas de un lado a otro como pollo sin cabeza. Que resulta adorable la mayor parte de las veces, no te voy a decir que no, pero hay momentos en los que no se puede ir así.

 

Bailarina es la única persona que conozco que puede ir por un supermercado como si fuera de paseo, y no le importa dar vueltas por los mismos pasillos una y otra vez, ni retroceder absolutamente todo el híper hasta la entrada porque se le ha olvidado meter el azúcar en el carro. No, ella es feliz.

 

Pero claro, luego se tira dos horas en el súper y cuando llega a casa se le han olvidado la mitad de las cosas, porque ella va sin lista, y después hay un montón de cosas que no hemos usado nunca y nunca jamás usamos. Pero es que ella las ha visto al pasar por ahí y no ha podido evitar cogerlas, que es que “mira qué guay”.

 

Pues todo esto está muy bien si va sola, pero cuando vamos juntos no. Porque a mí me gusta ir con una lista, pasillo a pasillo, a tiro hecho y sin rodeos. Y claro, si en un supermercado pierde el tiempo a espuertas, os podéis imaginar lo que es la cosa en un Ikea. Dan ganas de tirarle una silla a la cabeza para que pare quieta y deje de dar vueltas de forma errática por allí, porque lo que podría ser una cosita de un par de horas se convierte en un plan de pasar el día.

 

Y aun con todas estas cosas que os he contado, y a pesar de ponerme cada lunes a parir, resulta que la chica me hace gracia. Y ella, que parece que solo tenga quejas de mí, está encantada de la vida conmigo.
 


 

Definitivamente estamos como dos regaderas, será por eso que nos va bien. Porque juntos es mejor.
 

15 de julio de 2013

DIAMONDS ARE A GIRL’S BEST FRIEND


Antes de comenzar el escrito de hoy, una nota aclaratoria, que luego me la voy a ganar: el contenido de estas entradas son deformaciones de la realidad, exageraciones, invenciones, y no tienen por qué ser lo que pienso en absoluto. ¿Eh, cari?

Así que nada de morros en la comida. Y ¡Un besote, cosita, que me estás leyendo, sí, tú!

Dicho esto, hombres del mundo, os voy a dar la clave definitiva para acertar con los regalos que tengáis que hacer a cualquier mujer en cualquier ocasión. Incluso si os queda toda una vida por delante haciéndole regalos. Incluso si os encontráis sin ninguna idea de qué regalar. Incluso si lleváis años haciéndole regalos ya. Apuntad a fuego esto que os voy a decir, que es la clave de la felicidad: nunca, nunca jamás, never, ever, jamais, nunca, tendremos suficientes bolsos, zapatos, o ropa. Podéis regalarnos de eso todo el rato. Sin parar, sin parar, sin parar. Que nos gustará, siempre, todo el rato, mucho. Será un acierto. Garantizado.



Y eso, chicos, es todo lo que necesitáis saber. Con esta lección de vida podría dar por zanjada la entrada de hoy, pero no, vamos a hacer un poco de sangre aquí porque la ocasión lo merece.

Resulta que este fin de semana hace un lustro empecé a salir con el que hoy es mi compañero de piso y casualmente también mi querido novio. Una efeméride a celebrar, sin duda, pues hemos sobrevivido a numerosos contratiempos, como por ejemplo no sacarnos los ojos a cuenta de nuestra amada perra. Una efeméride a celebrar, pero la semana pasada la conversación con mi amado novio fue la siguiente:

-He estado hablando con éstos a la mañana. Estamos barajando la posibilidad de ir a pasar el día el sábado todos juntos a Pamplona. Ahí San Fermín, aperitivo, comer por ahí, copas e igual incluso conseguimos entradas para los toros y todo. Es un planazo. Yo ya he dicho que sí. ¡Viva San Fermín!- Le dije yo, todo contenta.

-Pero, ¿y el sábado?

-Sí.

-Pero, ¿Y  les has dicho ya que sí?

-Sí, claro. Qué pasa.

-¿Pero entonces vas a ir a Pamplona el sábado?

-Pues sí, sí, sábado, Pamplona, en eso hemos quedado. Pamplona, San Fermín. ¡Viva San Fermín!

-No, no, yo te lo decía porque como este fin de semana era nuestro aniversario…

- AY, JODER.- EPIC FAIL de los gordos.

 
 
Sí, se me había olvidado por completo. No tenía interiorizado para nada esto del aniversario. Vamos, que quedé fatal. Encima, al decirles a mis amigos que abortaba el plan San Fermín porque era mi aniversario y se me había olvidado por completo no veáis las risas. “Anda que vaya cabeza” “No me puedo creer que tú hayas olvidado el aniversario y él se haya acordado” “Parecéis los de matrimoniadas a la inversa”. En conclusión: quedé horriblemente mal y encima se han reído de mi persona a base de bien.

Pero sigamos hablando de este fantástico fin de semana de amor desenfrenado. Porque sí, aun queda tela que cortar. Recuperemos el tema de los regalos.

La emoción por el aniversario olvidado me hizo saltarme a la torera el pacto que teníamos de “Este año no nos hacemos regalo por el aniversario, porque nuestro regalo son nuestras vacaciones. Nada de regalos ¿eh? Pero en serio, nada de nada. Nada. Vale, trato hecho” y salir a comprar cositas para mi amore. El motivo fundamental para saltarme el pacto es que mi querido novio se lo salta siempre.

Mi amado, según parece, es de esos chicos que ha cogido alguna vez un Cosmopolitan entre sus manos y ha leído uno de esos artículos que recomienda entre fotos de gente enamorada “¡Sorprende a tu pareja!”. Y él sigue la recomendación a rajatabla, que para algo es ingeniero. Así que, la verdad, tengo mucha suerte porque siempre recibo detallitos chulos, regalos bonitos o regalazos increíbles.

Sin embargo, ay amiga, no todo iba a ser de color de rosa.

Yo le compré unos zapatos preciosos, que él ya había visto y que le gustaban mucho. Iba sobre seguro, soy así. Comprar regalos para hombre me resulta complicadísimo y entro en tensión cada vez que llega un cumpleaños, aniversario o Reyes Magos para caballero. Me da una inseguridad tremenda. Pero estaba feliz con mis zapatos acierto seguro. No me aguantaba la ilusión, y como sabía de la mentalidad “Sorprende a tu pareja” me dije “Ya sé. Se los voy a dar hoy mismo, que no es nuestro aniversario. Cumplo el pacto y por una vez soy yo la que sorprendo a mi pareja. Madre mía ¡Qué astuta soy!”.
 



Así que el mismo miércoles le di mi regalo. ¿Y qué pasó? Pues que él también tenía su regalo para mí. Si es que esto de “sorprende a tu pareja” es una lucha encarnizada agotadora. Él había vuelto a ganar la partida.

Total, que me da mi regalo, un miércoles, y quiero máxima atención aquí y ahora porque mi terroncito de azúcar me regaló, de regalo de aniversario, por estar un lustro entero juntos sin sacarnos los ojos, redoble de tambores por favor…

Un pulsómetro.

Y se quedó tan ancho.

Desde el miércoles llevo estudiando las reacciones cada vez que digo “Mi novio me ha regalado un pulsómetro” y sois todos iguales, que lo sepáis.

Ellas: Se les congela la sonrisa que tienen en la cara y abren los ojos como platos. La idea del pulsómetro les espanta, normal. Pero bueno, sonríen amablemente y mientras su mirada dice claramente “te acompaño en el sentimiento” su boca dice “Pues qué bien, ¿no? Ahora que estás a tope con el gimnasio”.

Ellos: Les brillan los ojos de la emoción. “Joder, qué guapo el pulsómetro, ahí blanco. Además este modelo hace mogollón de cosas. Es un regalo súper útil, qué suerte”. Y les parece un regalo de los buenos buenos.

Ellas-amigas: Se ríen de mí. Así, sin paliativos ni nada. Se ríen de mí, y se apiadan de mí también. Pero sobre todo se ríen. Dicen “Ay pobre, un pulsómetro  ¿Pero este chico no conoce Zara? Y además estando en rebajas…qué pena, qué pena”
 
 

Vamos a ver, gente del mundo que tenéis a bien leerme. Un pulsómetro no es un regalo de aniversario. No. Es muy útil, sí. Es bonito, bueno, es discutible porque las cosas deportivas bonitas, bonitas, no son. Aunque sean blancas. Hace muchas cosas, es posible pero no tengo ni idea porque tengo que estudiar las instrucciones. Lo voy a usar, probablemente, si sigo yendo al gimnasio sí lo usaré. Pero ya os garantizo yo que, por mucho que se me hubiera olvidado que era el aniversario, eso no es en absoluto un regalo de aniversario.

Sé que os parece increíble que queramos tener más bolsos o más zapatos, que ya tenemos muchos de esos, que os cuesta dolores de cabeza dar con algo genuino, útil y que no tenemos aun. Pero no, no queremos nada genuino y por supuesto no queremos nada útil. Útiles son los calcetines. Y estoy bastante convencida de que vosotros no queréis calcetines de regalo de aniversario.

Dicho esto, os diré que en realidad lo del pulsómetro ha sido una bendición. Ahora tengo el bicho ese que usaré en el gimnasio, y por otro lado tengo permiso moral para irme de rebajas. Ya tengo dos vestidos nuevos. Hoy me compro unos taconazos, lo estoy viendo.



Y, entre tú y yo, ahora que no nos oye nadie, te diré que yo creo que no me gasto el dinero en comprarme un pulsómetro de esos ni de broma, vamos. Así que mira, ahora ya lo tengo y yo me gasto el dinero en algo que me haga ilusión. Y es que a veces no hay mejor regalo que mimarse a una misma.