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7 de julio de 2014

OFF TO THE RACES

Antes de comenzar la chapa semanal os tengo que hablar de las consecuencias de mi post anterior:


Resulta que había bastante gente que ha leído el blog y ha descubierto la existencia de la carpeta en el Facebook que se llama “otros”, con mensajes ocultos (y me lo han contado. Mi pobre Individuo Misterioso ni siquiera es un ser original, pobre, con la bordería que le cayó del cielo así sin esperárselo ni nada).





Es decir, ha resultado que soy una pazguata de nivel medio así como el resto de los mortales y no una súper cafre tecnológica, cosa que no está nada mal, y al mismo tiempo he ayudado a gente a encontrarse con mensajes de toda índole. Ese apartado del Facebook es como la caja de Pandora 2.0; os vuelvo a recomendar que lo reviséis, nunca se sabe los truenos que podéis desatar de allí.


Pero volvamos a la actualidad, lunes, 7 de julio, San Fermín  ¡¡Viva San Fermín!! (espero que hayáis visto el encierro en TVE como manda la tradición). Os deseo que tengáis una cara más descansada y un humor más amigable que el que maneja cierta Bailarina, porque estoy que podría agarrar a cualquiera, sacarle ojos con los dientes y escupirlos después.




Vamos, que lo que viene siendo el lunes va ligeramente cuesta arriba. Afú. Que me he pintado la cara para taparme estas ojeras que manejo hoy y cada vez que me cruzo con alguien en lugar de darme los buenos días en plan amable y poco entrometido solo me dicen “¡Uy pero qué cara taaaaaaan mala tienes hoy, Bailarina! ¡Vaya ojeras!!”.


Pero vamos a ver, ¿de verdad creéis vosotros que es normal este maltrato así de gratuito? ¿Les he pedido yo acaso que me digan qué pinta tiene mi cara -preciosamente maquillada, por cierto-? ¿Quién les ha pedido opinión acerca de mi cara? Que me lo digan por favor, porque yo a ninguno le digo




“Pues tú vas todos los santos días vestida hecha un CUADRO y no te digo nada, que lo sepas”

o “pues tu mierda de dieta macrobiótica no te hace nada de nada porque sigues pareciendo una foca, chaval”

o “Yo tendré ojeras pero tú eres directamente un troll de la montaña”.


Que tengo un mal lunes, ya lo veis. Necesito muy intensamente largarme de vacaciones y descansar y no saber qué significan las palabras:


  •          Despertador.
  •          Ordenador.
  •          Oficina.
  •          Botines (hombre ya que es julio, Lorenzo, pásate por aquí y déjate ver hijo de mi vida).
  •          OJERAS. Puaj.





Este invierno me ha puesto la cara muy vieja y muy amargada. Basta ya.


Es una suerte que para empezar a quitarme esta cara de pedo chungo este fin de semana haya estado fuera con mis padres de escapadita familiar. Viajar con tus padres es muy divertido al principio porque es todo un déjà vu, y estás en plan “¡ay qué gracia, si es como cuando era pequeña!”. Luego ya la cosa deja de tener tanta gracia porque es que efectivamente, vuelves a tener 12 años y nada ha cambiado.



Para empezar, los CD’s que hay en el coche son los mismos que los de hace 15 años, y aquí tu padre te puede plantar el primer disco de La Oreja de Van Gogh “para las niñas, que les gusta esto”, y quedarse tan pancho. Claro, una ya le dice:




-Por favor, que este disco es del año de la pana, ¿no tienes otra cosa así como más actual, de esta década aunque sea?


Y no, no tiene, porque el primer disco de La Oreja de Van Gogh es EL disco de las niñas en el coche, y es lo que hay. El resto es música clásica. Así que te planta la radio con los 40 principales (como cuando tenías 12 años), y a correr. Y cuando te ve el morro torcido te suelta:


-¡¡Y si quieres escuchar otra música en el coche pues te grabas un CD y me lo das para que lo tenga aquí, pero mientras tanto en este coche habrá lo que yo quiera y punto!!




Y punto, claro.


De todas formas, el ambiente que se masca entre mis padres es mucho más divertido que cualquier melodía que haya en el coche, dónde va a parar. Y es que mi madre se convierte en Marta cuando se sienta en el asiento del copiloto, es la voz del GPS personalizada para mi padre.




Ella se pone muy seria muy seria y le empieza:

-Ten cuidado que esta carretera no la conoces, ¿eh? Así que ve despacito a ver si nos va a pasar cualquier cosa

Mi padre en silencio.

-¡¡Pero no tomes la curva así, que es muy cerrada!! ¡¡curva, curva, curva, curva!

-Me tienes de que decir “curva derecha ras” o “curva izquierda ras”, solo “curva” no me vale.

-Mira que dices tonterías eh, lo que te gusta a ti hacer el bobo. Mira la señal del ciervo, ve con cuidado que es de noche y nos van a saltar aquí a la mitad de la carretera y a ver cómo frenas, ¡despacio te he dicho!




Mi padre silencio.

-Mira, “precaución, carretera frecuentada por ciclistas” ¿a qué velocidad vas?

-¡¡Pero qué ciclista quieres que me salga aquí a las 3 de la mañana por esta carretera perdida!!!

-¡No me mires a mí, mira a la carretera! Bueno, ¿pero a qué velocidad vas?

-A 100.

-¿A 100? ¡Pues muy mal porque en carretera nacional con un arcén menor a 1,5 metros la velocidad máxima permitida es 90! ¡que yo también tengo el carné! ¡Baja que nos comemos un ciervo!



Mis padres en un coche. Cuando mi madre está lejos mi padre la llama “el control de velocidad” y se parte de la risa.


Sin embargo, este fin de semana y sin que sirva de precedente mi madre tenía razón: había que ir despacio.


Lo que nos ha pasado ha sido de expediente X, y es que lo que nos encontramos en la carretera el domingo cuando íbamos en el coche no fue ni un ciervo ni un ciclista ni nada que entre dentro de lo “normal”: el domingo, lo que nos encontramos en una travesía entre dos pueblos fue nada menos que a una anciana feliz de la vida en una silla de ruedas ahí varada en medio de la carretera.






Lo más increíble de todo es que la buena mujer ni corta ni perezosa nos saludó todo simpática mientras nosotros la esquivábamos con el coche y la mirábamos alucinando en colores como si fuese una marciana. Y ahí la dejamos.


A 10 metros vimos que había un centro de día de viejecitos… se les habría escapado a saludar a los turistas.

9 de junio de 2014

MAMA TOLD ME NOT TO COME

Como os he contado en varias ocasiones, ir a una sesión de depilación láser es una experiencia semi religiosa en mi vida: siempre me pasa algo (ya os he escrito sobre estos sucesos en posts anteriores aquí y aquí también. Lo sé, soy muy sota, caballo y rey, os pido disculpas).



Un resumen de lo que ya os he contado: que si vete allí, ponte una braga ridícula, aguanta estoicamente los calambrazos de esa esteticién hija de una hiena con voz suavecita que te habla dulcemente, y ahora también, disfruta de ese maravilloso previo a la láser con ese tinglado fantástico de untarse de crema anestésica el cuerpo serrano  (y, por supuesto, que tu madre se crea que se te va a anestesiar hasta el alma y vas a aparecer tirada en el suelo dormida como si fueras la Bella Durmiente), y envolverte toda tú en film transparente.


O lo que mi hermana, esa mujer que en ocasiones tiene una crueldad verbal insultada, lo llama “El choricico”. Sí, amiga sufridora de la depilación láser: que sepas que cuando te vas a un centro estético haciendo cras-cras-crás por el camino, y tú toses para disimular el ruidito que vas haciendo porque estás envuelta en ese film, mi hermana te llama choricico.


Y ya que estamos, que sepas que la tos no te disimula nada la banda sonora de cras-cras-crás, así que ni lo intentes. Pero bueno, volvamos a la actualidad, porque en mi operación "Puesta a punto para verano 2014", esta semana pasada me ha tocado la última sesión de láser antes de volverme una lagarta tanoréxica.





Esto significa que:
1.- A día 9 de junio, sigo pareciendo copito de nieve. Pero esto se acaba YA MISMITO. Empieza mi mutación a mulata sabrosona. ¡Viva Mozambique!

2.- Tengo algo que contaros sobre mi experiencia láser (otra vez, sí). Os juro que intenté hacer las cosas bien y no dar la nota en la depiladora, pero es que siempre me pasa algo, no lo puedo evitar. Yo os prometo que lo he intentado, pero nada, no hay manera, chica. Mi afán de protagonismo siempre me supera.



En esta ocasión, mi gran error fue como consecuencia de un mal uso de la crema anestésica, y es que se ve que tengo una curva de experiencia muy poco desarrollada. Vamos, que la cagué con a cremita.



La cosa es que me apliqué el ungüento, me envolví en el plastiquito, ¿Y qué hice?



Adivinad, amigos.



Pista: ¿Hemos aprendido algo de Scartlett Johansson? 
¿De esas súper famosas a las que les hackean el móvil y las muy guarrillas se han hecho selfies en pelotas que al final las ve medio planeta? 
¿No os han dicho vuestros padres (en una brutal renovación de charla parental) eso de “a ver tú qué fotos te sacas y a quién se las mandas por ese guasá que aquí sois todas amiguísimas para toda la vida pero luego ZAS, te la clavan suciamente por la espalda y todo Cristo con tu foto en su móvil”?




Noooooo. No hemos aprendido nada.


Y por ese motivo, una que os escribe, en plan teenager inconsciente y rebelde a la que esas charlas le chupan un pie, me planté delante del espejo en bragas y con el choricico puesto, y me saqué una foto ridícula hasta decir basta (por lo menos no se me ve la cara así que siempre puedo negar que ese cuerpo envuelto en film sea el mío).


Y como no conozco el pudor, le mandé la foto a mi hermana por whatsapp con un mensaje que rezaba “te lo dedico”. En plan musa del Albal.


Soy así, no conozco el miedo y vivo siempre a límite. Cuando voy a la pelu y me hago las mechas, me envuelven los mechones en papel albal (¡qué curioso, el albal es una constante en mi vida!) y me hago siempre siempre siempre un súper selfie con el secador envolviéndome la cabeza y los albales en la cabellera.



Me encanta esa foto (esta no, la mía), parezco sacada de Star Wars (y me gusta más aun, claro). Y como me gusta tanto, la mando sin contemplaciones a todo pichichi. Si algún día me hago famosa ME MUERO. Tengo unas fotos muy turbias por ahí al alcance de cualquiera.


Pero volvamos a la depiladora, porque lo peor no fue la foto de choricico volando por whatsapp. No. Lo peor de todo fue que cuando estaba de camino a ese centro del dolor, me di cuenta de que se me había partido una uña, y decidí hacerme un apaño mordiéndomela. Qué otra cosa podía hacer.


Cuando llegué a la sala de espera del centro de belleza ahí estuve, ñan ñam con el dedo en la boca un par de minutos para hacerme el mínimo destrozo posible. Hasta ahí todo normal. El problema vino cuando, a los cinco minutos, empiezo a notar un hormigueo en la boca.


“Ay, que la he liado”.



Me llevo la mano a la boca, y efectivamente, la he liado. No noto el labio inferior. Lo toquiteo, lo manoseo, lo pellizco, lo muerdo… nada de nada de nada. Labio inerte. Cara de pánico, yo sola en la sala de espera estirándome el morro como si fuese una negra zumbona de labios hiper carnosos. Y cara de pánico.


“¡¡¡Joder, joder, joder!!! ¡Que se me ha dormido el labio! Pero si me he lavado las manos después de ponerme la crema esta… ¿Por qué no noto la boca? Dios… ya no sé ni lavarme las manos bien. Soy gilipollas, ¡soy gilipollas! Me he anestesiado el labio. Bailarina, eres gilipollas de manual”


Y efectivamente, soy gilipollas de manual. Pero me estaba riendo en la sala de espera cosa mala. Sin embargo, ¿por qué fui una auténtica gilipollas-de-manual?

¿Por dormirme el labio con la anestesia de la depilación?

¿Por estirarme los morros hasta dejarme la cara roja de la barbilla a la nariz?

¿Por ponerme los labios como una negra zumbona sabrosona?





No. Soy gilipollas por coger y contárselo a mis padres por whatsapp en el chat de la familia. Y os reproduzco la conversación:


Bailarina dice: ¡Hola familia! Os voy a contar lo que me ha pasado para que os riáis (sigo aquí esperando). He ido al centro este con la anestesia y parece que no me había limpiado bien las manos.
Madre de Bailarina dice: ¿Y?
Bailarina dice: Porque se me ha partido una uña y me la he metido en la boca (sí, me he mordido una uña)… ¡¡Y se me ha dormido el labio de abajo!!
Padre de Bailarina dice: jajajajajaja
Bailarina dice: Soy leeeeeeeeerda
Madre de Bailarina dice: ¡Bailarina, por favor!
Bailarina dice: Os lo juro.
Madre de Bailarina dice: No es broma. Te puedes envenenar.



Ole, ole y ole.


Olé ahí esa drama mamá de libro viendo muertes por envenenamiento anestésico. No veáis qué súper bronca me cayó al día siguiente (sí, a mi edad): que si soy una inconsciente y me puedo morir y que menos bromas con esas cosas que me doy así a lo loco y luego mira lo que me pasa, que a ver si no me enseñaron a lavarme las manos bien, porque es que mira que hace falta ser torpe para que me pase algo así, que si eso de morderse las uñas ya me ha dicho una y mil veces que no se hace y luego mira lo que me pasa…



En fin. Aguantamos el chaparrón estoicamente. Pero de esta ya he aprendido la lección: cuidado con el Whatsapp.

14 de abril de 2014

IF I CAN MAKE IT THERE I'LL MAKE IT ANYWHERE


¿Conocéis esa sensación de tener el cuerpo en un lugar pero la cabeza puesta a miles de kilómetros del cuerpo?


Así estoy yo hoy. Y así estáis vosotros también, no me engañéis. Este primer tramo de Navidad hasta aquí ha sido muy largo, muy duro y muy carente de festivos. Estamos muy necesitados y con la lengua fuera.




Así que sé positivamente que no soy la única que está que no está, porque claro, se acerca Semana Santa, y quien más quien menos tiene sus planes para estos días. Necesitamos vacaciones ya.


Y, aunque para algunos esos planes se limiten a dormir hasta tarde y quedarse en su casa disfrutando de días de fiesta, qué bien se está  cuando se está bien, ¿Verdad?


Como esta semana es más corta que lo habitual, no necesitáis a Bailarina contándoos tonterías para sacaros una sonrisa. ¡¡Es miércoles!! ¿No es genial? Por lo tanto:


  • El post de hoy será más corto de lo habitual, aunque solo ligeramente, igual ni os dais cuenta, pero os lo digo por si acaso. Bailarina sincera ante todo. Lo siento, aunque os parezca sumamente increíble, hoy tengo que trabajar.
  • El próximo lunes os quedaréis huérfanos de Bailarina. Aunque a la mayoría de vosotros os importará un pito, yo os aviso para que no haya malos entendidos.



Y es que por fin me voy a cobrar el regalazo de cumpleaños que me hizo mi Querido Novio: ¡¡ME VOY A NYC!!


(Novios del mundo: apuntad viaje a NYC como regalo increíble para hacer por un cumpleaños. Os ganáis amor incondicional –y os hace un agujero en la cuenta corriente del tamaño de un bunker, tenedlo en cuenta-).


¿Porque es o no es increíble? Me he tirado cuatro meses sin hacerme para nada a la idea de que me iba a Estados Unidos, pero ahora ya sí que me creo que ¡¡¡Voy para allí!!!


Voy a intentar ser un poco Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes, pero me temo que seré toda una Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”. Una gran paleta de pueblo, pero qué más da.




Pero aquí también soy una inadaptada, y es que tampoco soy muy fan de la Semana Santa; ahora que ya soy adulta es cuando estoy empezando a disfrutar de estos días de fiesta, pero cuando era pequeña… estos días eran muy diferentes.


Para empezar, me aburría como un hongo. La Semana Santa era sinónimo de aburrimiento infernal de televisión: todas las películas de temática religiosa iban una detrás otra seguidas sin descanso.


Un rollo horroroso. Además, como servidora es atea, pues no me enteraba de nada, con lo cual el aburrimiento era aun mayor.


(Y sí, tanto mi hermana como yo somos ateas porque estamos sin bautizar siquiera. Por lo tanto, somos totalmente ajenas a la Semana Santa. A los Reyes Magos no, pero a Semana Santa… totalmente).


Ahora vosotros me preguntaréis “Pero si las películas eran tan rollo, ¿Por qué no te ibas con tus amigos por ahí a jugar?”


Pues muy sencillo: PORQUE NO LOS TENÍA.



Me quedaba más sola que la una durante todas las vacaciones. ¿Por qué? Pues por una muy sencilla razón: Porque no tenía pueblo.


Evidentemente, llegaba Semana Santa y aquí todos mis amigos cogían carretera y manta y se largaban a sus respectivos pueblos y aquí nos quedábamos, mi hermana y yo, compuestas y sin novio, más solas que la una y con películas bíblicas como único entretenimiento.


Servidora veía a Jesucristo crucificado y, la verdad,  con el percal que teníamos nosotras en casa tan solas, no era para tanto. Nosotras estábamos socialmente maltratadas. No tener un pueblito buena al que ir cuando llegaban los puentes es triste.


En esas ocasiones en las que mi hermana y yo éramos las súper marginadillas del lugar, les preguntábamos a nuestros padres con cara compungida:


-¿Y por qué nosotras no tenemos pueblo, si puede saberse? Todo el mundo tiene pueblo menos nosotras, y esto es un rollo. Llevan cinco años seguidos poniendo los diez mandamientos en Televisión española y nosotras no nos enteramos de nada. Queremos hacer cosas, salir…




-Hijas mías –decía mi padre- es que vosotras sois chicas de ciudad. Vosotras no tenéis pueblo porque tanto vuestra madre como yo somos de aquí, y vuestros cuatro abuelos también eran de aquí. Vosotras no sois unas pueblerinas.


-¡¡Pero nosotras queremos ser de pueblo!!


-Pues no se puede elegir. Vosotras de ciudad, que es más grande y es mejor.


Y eso era el final de la discusión.  Como habréis adivinado, no estábamos nada conformes con la respuesta dada pero qué podíamos hacer. La superioridad había hablado.


Total, que me he pasado toda mi vida recibiendo mensajes contradictorios: primero “Ciudad es mejor que pueblo porque es más grande” y después “el tamaño no importa”. Primero el “tú sí puedes ir al cumpleaños de Pedrito porque no tienes catequesis, que no estás bautizada” y después a ver Los Diez Mandamientos una y otra vez. Así no se puede.




Moraleja:


Si en esta Semana Santa no tenéis a donde ir (no hace falta que sea NYC, sé que eso es algo al alcance de unos pocos –guiño, guiño-) y vais a quedaros con vuestros vástagos en una ciudad medio desierta, al menos haced el favor de tener una videoteca medianamente decente si no queréis que se os hagan un harakiri en el salón.


Quedáis avisados.





Y tú, my Cuchifraiting (estoy practicando ya mi inglés Cuchifritín= Chuchifraiting): There we go!


Resto del mundo: os leo en dos semanas. Pasad unos días de ensueño.

16 de diciembre de 2013

DON´T BE OUT TOO LATE, DON'T LET IT GET TOO DARK


No sé si sois conscientes de esto pero hoy no va a haber post porque tengo que hacer el primer trabajo del máster que estoy haciendo y ya me columpié bastante la semana pasada (que no hice nada de nada, nothing, niente, res de res). Es decir, aquí estoy, escribiendo y tal, pero en realidad esto lo acabo enseguida y me pongo con el deber, que eso es lo que tengo que hacer. Que lo tengo planeado.

 

Y es que vosotros, afortunados que sois, no me conocéis, pero soy algo así como la fundeplazos oficial de la historia de la Universidad. Todo para última hora, siempre, sin excepción. Así me ha ido, que he pasado cinco años de mi vida con unos ríos de adrenalina en mi cuerpito serrano que ya no necesito ni puenting ni chuminadas por el estilo. Tengo emociones fuertes acumuladas para los restos.

 

Bueno, que cuando iba al instituto era igual de fundeplazos pero la verdad es que viéndolo ahora de lejos, no puede decirse que aquello fuese algo horriblemente complicado de cumplir. Cuatro ejercicios de deberes y basta. Tareas perfectamente asumibles a pesar de dejarlo todo para última hora.

 

Sin embargo, quiero cambiar. Ya no quiero ser esa mujer que se autoengaña y se dice “Uy uy uy… Qué pereza más horrorosa ponerse con este trabajo ahora ¿No?… Y encima es que no me voy a poner a ello ni de broma, que esta peli mala de Antena 3 es muchísimo más amena. Bueno, esta semana ya no voy a hacer el trabajo porque es martes y ya he empezado con mal pie, pero la semana que viene me pongo ya en serio y a tope y súper motivada, ea. Va, Bailarina, va. El lunes que viene a tope ¡A tope! ¡Sí!”

 


 
Es posible que esto fuera exactamente lo que me pasó la semana pasada. Quiero cambiar, aunque qué puedo decir, soy débil… PERO YA NO MÁS. Ahora voy a ponerme en serio con el caso de marras y lo voy a acabar incluso antes de la fecha de entrega. Sí señores. Ahora mismo me pongo a ello. A tope ¡Yeah!

 

Es más, os diré que he mejorado ostensiblemente en esta segunda vuelta a la Uni con respecto a la primera vez. La primera vez me pareció un rollo: iba a clase medio obligada, me aburría como una ostra y había un montón de gente pereza dispuesta a pisar tu cabeza y esparcir tus sesos por el suelo de baldosa del aula con tal de quedar por encima de ti.

 

PEREZA.

 

Y a partir de segundo, vamos a ser sinceros, pasaba más bien poco por clase. (Mis padres no van a saber de la existencia de este blog jamás en la vida. Como lean esto me crujen. A ver cómo les explico yo esto sin que me castiguen fulminantemente a pesar de estar ya trabajando y vivir fuera de casa).

 


 
Otro de los aspectos negativos de la vida universitaria es que eres estudiante y, en consecuencia, eres pobre de solemnidad. Bueno, a no ser que seas un hijo de papá. Lamentablemente, no era mi caso (Hijos de papá: os odio y os envidio a partes iguales). Esto suponía que tenía que hacer malabares con el dinero que tenía para poder salir de fiesta y pedir una copa, que ir a una pizzería a cenar con los amigos o con el noviete de turno era lo más parecido a darte un banquete en un restaurante de cinco tenedores y te descompensaba toda la paga semanal, o  que ir a “tomar algo” suponía pedirte un agua o un mosto porque era lo más barato de todas las bebidas disponibles en un bar.

 

Una vida muy dura.

 

Ahora, sin embargo, la perspectiva de volver a estudiar es muy diferente, para empezar porque servidora se ha apuntado por voluntad propia y con sus propios dineritos. Es decir, sé perfectamente el ojo de la cara que me ha costado apuntarme al máster este, como para ponerme ahora a hacer el minga y no ir a clase como si fuese una lerda de 19 años. No señor.

 

En confianza, os diré que me lo paso genial. Atiendo, me interesa lo que me cuentan, y además de todo ¡Intervengo! Yo, que no había hablado nunca jamás en clase y miraba con convicción a las musarañas, ahora voy y me implico. Estoy que no me reconozco. Además, la vuelta a la vida universitaria con un sueldo para poder gastar en ocio y la obligación de salir a cenar y a tomar algo los viernes (estoy fuera de casa, qué le voy a hacer) mejora mucho la perspectiva del Máster. Y oye, que los expertos a esto del cachondeíto ahora lo llaman Nightworking, y hay que trabajarlo tanto como el Networking de linkedIn.
 

 

Lo que os decía: implicadísima a la causa.  Con deciros que la próxima semana acabo ya el primer trimestre y me da pena no ver a mis compañeritos en todas las vacaciones de Navidad… ¡Me he vuelto una empollona! Eso sí, a mi manera.

 

Hay que ir a clase, sí, pero también hay que cumplir por la noche. Así, aunque te líes el viernes, el sábado a la mañana hay que ir a clase sin falta. Aunque llegues a casa a las cinco de la mañana con un cuerpo de jijiji-jajajá total tras descubrir un fantástico bar donde la música es maravillosa y un camarero, de nombre Lee, pone las mejores copas del mundo mundial. Tú a clase. Aunque las copas del Lee fueran tan sumamente estupendas que te has bebido muchas más de las moralmente aceptables.

 

El sábado a las 9, con tu cara más espantosa y tu galopante necesidad de meter cafeína en el cuerpo (Bueno, y de agua también), tú vas a clase. Y eso tiene mucho más mérito que ir a clase después de salir de fiesta con 19 años, porque según sumamos años las resacas son aun más infernales, y las recuperaciones son mucho más costosas que cuando una es joven y se cree inmortal.

 

Ahora bien, a pesar de ser mayor y, por tanto, de recuperaciones más lentas,  no hay nada mejor que tener tu propio nido para esos amaneceres de domingo en los que abres el ojo y tu primer pensamiento es “Ay… no vuelvo a beber nunca más” (Mentira, por cierto. No os auto engañéis de esa manera que no cumplís nunca ninguno). Cuando era una joven fiestera residente en casa de mis padres los domingos eran como para preferir cortarse las venas sin atisbo de duda (y acertando en la elección).

 


 
Mis maquiavélicos y crueles padres tenían por costumbre familiar dominguera salir a comer todos los domingos sin excepción a una pizzería; pizzería en la cual no se podía reservar mesa, por lo que había que estar allí a las dos en punto para tener sitio. Y la pizzería era ESA y no otra y la hora de comer eran las dos Y NI UN MINUTO MÁS TARDE.

 

Evidentemente, llegar a las 8 entrando en casa de puntillas como una ninja silenciosa –o eso me creía yo, luego me enteraba que de “ninja silenciosa” tururú- y estar a las dos en una pizzería “y con buena cara” como exigía mi padre (ergo, duchada, bien vestida y maquillada como una puerta para disimular los estragos nocturnos), es la experiencia más próxima al infierno que he vivido jamás.

 


 
Lo peor de todo es que tuve que sufrir los domingos de pizzería durante años y años, y jamás conseguí sabotear ese plan. Hasta que la pizzería en cuestión no cerró no dejamos de ir. Si hasta los camareros del local me miraban y se apiadaban de mí y de mi resaca infernal.

 

Si algún día soy madre no pienso hacer pasar por semejante crueldad a mis cachorros. Eso sí que es hijoputismo supino. Tengo los domingos pizzeros grabados a fuego en mi mente. Forma parte del top 3 de sistema de tortura parental.

 

Total, que me lío y no solo no hago el trabajo de la Uni sino que además acabo hablando mal de mis padres ¿Os parece bonito? Ya no les enseño el blog nunca jamás.