Mostrando entradas con la etiqueta Universidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Universidad. Mostrar todas las entradas

16 de diciembre de 2013

DON´T BE OUT TOO LATE, DON'T LET IT GET TOO DARK


No sé si sois conscientes de esto pero hoy no va a haber post porque tengo que hacer el primer trabajo del máster que estoy haciendo y ya me columpié bastante la semana pasada (que no hice nada de nada, nothing, niente, res de res). Es decir, aquí estoy, escribiendo y tal, pero en realidad esto lo acabo enseguida y me pongo con el deber, que eso es lo que tengo que hacer. Que lo tengo planeado.

 

Y es que vosotros, afortunados que sois, no me conocéis, pero soy algo así como la fundeplazos oficial de la historia de la Universidad. Todo para última hora, siempre, sin excepción. Así me ha ido, que he pasado cinco años de mi vida con unos ríos de adrenalina en mi cuerpito serrano que ya no necesito ni puenting ni chuminadas por el estilo. Tengo emociones fuertes acumuladas para los restos.

 

Bueno, que cuando iba al instituto era igual de fundeplazos pero la verdad es que viéndolo ahora de lejos, no puede decirse que aquello fuese algo horriblemente complicado de cumplir. Cuatro ejercicios de deberes y basta. Tareas perfectamente asumibles a pesar de dejarlo todo para última hora.

 

Sin embargo, quiero cambiar. Ya no quiero ser esa mujer que se autoengaña y se dice “Uy uy uy… Qué pereza más horrorosa ponerse con este trabajo ahora ¿No?… Y encima es que no me voy a poner a ello ni de broma, que esta peli mala de Antena 3 es muchísimo más amena. Bueno, esta semana ya no voy a hacer el trabajo porque es martes y ya he empezado con mal pie, pero la semana que viene me pongo ya en serio y a tope y súper motivada, ea. Va, Bailarina, va. El lunes que viene a tope ¡A tope! ¡Sí!”

 


 
Es posible que esto fuera exactamente lo que me pasó la semana pasada. Quiero cambiar, aunque qué puedo decir, soy débil… PERO YA NO MÁS. Ahora voy a ponerme en serio con el caso de marras y lo voy a acabar incluso antes de la fecha de entrega. Sí señores. Ahora mismo me pongo a ello. A tope ¡Yeah!

 

Es más, os diré que he mejorado ostensiblemente en esta segunda vuelta a la Uni con respecto a la primera vez. La primera vez me pareció un rollo: iba a clase medio obligada, me aburría como una ostra y había un montón de gente pereza dispuesta a pisar tu cabeza y esparcir tus sesos por el suelo de baldosa del aula con tal de quedar por encima de ti.

 

PEREZA.

 

Y a partir de segundo, vamos a ser sinceros, pasaba más bien poco por clase. (Mis padres no van a saber de la existencia de este blog jamás en la vida. Como lean esto me crujen. A ver cómo les explico yo esto sin que me castiguen fulminantemente a pesar de estar ya trabajando y vivir fuera de casa).

 


 
Otro de los aspectos negativos de la vida universitaria es que eres estudiante y, en consecuencia, eres pobre de solemnidad. Bueno, a no ser que seas un hijo de papá. Lamentablemente, no era mi caso (Hijos de papá: os odio y os envidio a partes iguales). Esto suponía que tenía que hacer malabares con el dinero que tenía para poder salir de fiesta y pedir una copa, que ir a una pizzería a cenar con los amigos o con el noviete de turno era lo más parecido a darte un banquete en un restaurante de cinco tenedores y te descompensaba toda la paga semanal, o  que ir a “tomar algo” suponía pedirte un agua o un mosto porque era lo más barato de todas las bebidas disponibles en un bar.

 

Una vida muy dura.

 

Ahora, sin embargo, la perspectiva de volver a estudiar es muy diferente, para empezar porque servidora se ha apuntado por voluntad propia y con sus propios dineritos. Es decir, sé perfectamente el ojo de la cara que me ha costado apuntarme al máster este, como para ponerme ahora a hacer el minga y no ir a clase como si fuese una lerda de 19 años. No señor.

 

En confianza, os diré que me lo paso genial. Atiendo, me interesa lo que me cuentan, y además de todo ¡Intervengo! Yo, que no había hablado nunca jamás en clase y miraba con convicción a las musarañas, ahora voy y me implico. Estoy que no me reconozco. Además, la vuelta a la vida universitaria con un sueldo para poder gastar en ocio y la obligación de salir a cenar y a tomar algo los viernes (estoy fuera de casa, qué le voy a hacer) mejora mucho la perspectiva del Máster. Y oye, que los expertos a esto del cachondeíto ahora lo llaman Nightworking, y hay que trabajarlo tanto como el Networking de linkedIn.
 

 

Lo que os decía: implicadísima a la causa.  Con deciros que la próxima semana acabo ya el primer trimestre y me da pena no ver a mis compañeritos en todas las vacaciones de Navidad… ¡Me he vuelto una empollona! Eso sí, a mi manera.

 

Hay que ir a clase, sí, pero también hay que cumplir por la noche. Así, aunque te líes el viernes, el sábado a la mañana hay que ir a clase sin falta. Aunque llegues a casa a las cinco de la mañana con un cuerpo de jijiji-jajajá total tras descubrir un fantástico bar donde la música es maravillosa y un camarero, de nombre Lee, pone las mejores copas del mundo mundial. Tú a clase. Aunque las copas del Lee fueran tan sumamente estupendas que te has bebido muchas más de las moralmente aceptables.

 

El sábado a las 9, con tu cara más espantosa y tu galopante necesidad de meter cafeína en el cuerpo (Bueno, y de agua también), tú vas a clase. Y eso tiene mucho más mérito que ir a clase después de salir de fiesta con 19 años, porque según sumamos años las resacas son aun más infernales, y las recuperaciones son mucho más costosas que cuando una es joven y se cree inmortal.

 

Ahora bien, a pesar de ser mayor y, por tanto, de recuperaciones más lentas,  no hay nada mejor que tener tu propio nido para esos amaneceres de domingo en los que abres el ojo y tu primer pensamiento es “Ay… no vuelvo a beber nunca más” (Mentira, por cierto. No os auto engañéis de esa manera que no cumplís nunca ninguno). Cuando era una joven fiestera residente en casa de mis padres los domingos eran como para preferir cortarse las venas sin atisbo de duda (y acertando en la elección).

 


 
Mis maquiavélicos y crueles padres tenían por costumbre familiar dominguera salir a comer todos los domingos sin excepción a una pizzería; pizzería en la cual no se podía reservar mesa, por lo que había que estar allí a las dos en punto para tener sitio. Y la pizzería era ESA y no otra y la hora de comer eran las dos Y NI UN MINUTO MÁS TARDE.

 

Evidentemente, llegar a las 8 entrando en casa de puntillas como una ninja silenciosa –o eso me creía yo, luego me enteraba que de “ninja silenciosa” tururú- y estar a las dos en una pizzería “y con buena cara” como exigía mi padre (ergo, duchada, bien vestida y maquillada como una puerta para disimular los estragos nocturnos), es la experiencia más próxima al infierno que he vivido jamás.

 


 
Lo peor de todo es que tuve que sufrir los domingos de pizzería durante años y años, y jamás conseguí sabotear ese plan. Hasta que la pizzería en cuestión no cerró no dejamos de ir. Si hasta los camareros del local me miraban y se apiadaban de mí y de mi resaca infernal.

 

Si algún día soy madre no pienso hacer pasar por semejante crueldad a mis cachorros. Eso sí que es hijoputismo supino. Tengo los domingos pizzeros grabados a fuego en mi mente. Forma parte del top 3 de sistema de tortura parental.

 

Total, que me lío y no solo no hago el trabajo de la Uni sino que además acabo hablando mal de mis padres ¿Os parece bonito? Ya no les enseño el blog nunca jamás.

14 de octubre de 2013

GAUDEAMUS IGITUR, IUVENES DUM SUMUS


Supongo que muchos de vosotros estaréis entrando aquí con un ojo cerrado para no ver con todo su esplendor toda mi ira cayendo sobre mi Querido Novio, que se metió por aquí sin mi consentimiento y además me puso a caer de un burro en el post la semana pasada.

No obstante, el jodío ha sabido bien cuándo entrar, porque el viernes es su cumpleaños y ahora está oficialmente bajo la protección del cumpleañero. No vale enfadarse, ni malos rollos ni nada. Ahora todo es felicidad y “¿qué será, qué será el regalo de tu cumple?”.

Ahora las conversaciones son del tipo:

-Cosita bonita, capullito de alelí, el viernes tu cumpleañitos, yupi. ¿Y qué te va a caer de regalo, eh, eh, eh?

-Ah, pero ¿Ya tienes mi regalo comprado?

-Pues claro que sí, ¡cosita! Desde hace un  montón.

-¿Y qué es? ¿Qué es? Ay qué nervios.

-UN PULSÓMETRO PARA QUE TE JODAS. Que nooooo, ¡tontín!

De manera que la sangre no ha llegado al río. Hay coñas, pero no sangre.
 
 

Para los que me habéis preguntado “¿Oye pero… estáis bien ahora vosotros?” O también “¿Cómo de cómodo es vuestro sofá? Porque ¿vais a dormir juntos después de esto?” os diré que todo va bien, sobre ruedas, como siempre. También para una preocupada amiga-cuñada Torpe que me escribió “oye por favor arreglad esto que yo quiero boda. ¡Quiero ponerme una pamela por una vez en mi vida!”. Tranquilidad, no sé nada de bodas pero montaremos algún sarao, y te pones lo que quieras.

Así que, dejamos al Querido Novio a un lado, y cambiamos de tema. Porque ay amigos, en qué jardín me he metido.

Como mi vida no es completa, y me sobra tiempo a raudales, voy a volver a estudiar. A pesar de trabajar cara al público en una pecera, ir a hacer el ridículo al gimnasio tres veces por semana mínimo, escribir este blog (que os creéis que esto son cinco minutitos de ji ji ji, ja ja ja, y post listo, y nada más lejos de la realidad) y tener una perra ansiosa, he decidido que me faltaba algo más para rellenar mi “tiempo libre”.

Una chispa, un meneo, un aliciente a mi día a día. Porque yo soy muy de apalancarme en el sofá si tengo esa oportunidad, y una vez me meto ahí ya no me sacáis de ese bucle de vaguerío de perdición. Porque sin hacer nada se está muy a gustito, para qué engañarnos.

Pero no, amigos míos, yo me he sobrepuesto a mis ganas de tocarme mi pequeña nariz y me he ido al otro extremo. Voy a estudiar, sí, pero nada de cursillitos tontos de unas pocas horas, que eso es una chufla para rellenar currículum. Yo voy a lo grande: vuelvo a la Universidad a hacerme un Máster.

Ole ahí.
 
 

Total, que como me va la marcha, y a su vez soy un desastre en lo que a tener fuerza de voluntad se refiere, el máster es presencial 100%, y así me obligo a ir. Tengo clase los viernes tarde (absolutamente toda la tarde) y sábados por la mañana (absolutamente toda la mañana) en una facultad que no puede decirse que esté cerca de casa precisamente. Está en la provincia de al lado.

Y eso de que esté en la provincia de al lado significa que los viernes por la noche voy a pernoctar en hostaluchos y pensioncillas, que voy a viajar en autobús más que en el resto de mi vida entera, y, presumiblemente, que retomaré los “viernes universitarios” de cenas y “cañas” (yo iré a vinos blancos o Martinis, que la cerveza… no).

Para comenzar la fase académica con buen pie os diré que tres días antes de empezar las clases me fui a una papelería y arrasé con todo. Porque aquel anuncio de El Corte Inglés que rezaba “volver a estrenar zapatos y libros…” ha hecho mucho daño a nuestra generación, y ya vamos cada año con la tara de tener que comprar material escolar nuevecito y resplandeciente (y, en mi caso, el más caro de la tienda).

Me planté en clase con un precioso estuche de coches de colores, una funda para los apuntes, y bolis y rotuladores de la más diversa índole (porque no, un solo boli azul o negro no es suficiente, hay que darle COLOR a los apuntes, que si no, vaya rollazo). Asimismo, me compré una carpeta clasificadora para guardar los apuntes en casa una vez ya usados y paseados de provincia en provincia.

 Preciosa. Rosa. Forrada en piel de mentira.

La más cara de toda la tienda. Y cuando digo la más, es LA MÁS. Que una carpeta normal cuesta como 3,50€ y la mía me salió por nada menos que 18 Eurazos. Que estaba yo en la cola de la caja pensando “Pero Bailarina, vamos a ver, si es una puñetera carpeta ¿qué más dará el color? ¿Tan importante es que sea rosita?” y me respondía a mí misma “Sí, sí, me importa. Quiero esta que mira qué mona es… y lo necesito para motivarme” y me volvía a decir “anda que vaya tipa, estás hecha una cursi y una imbécil, porque vas a pagar un dineral por la chorrada de que sea rosa” y la discusión mental acabó con un “pues sí, seré gilipollas, pero esta carpeta rosa que me cuesta un ojo de la cara me la pago yo y yo me la llevo para casa, ea”.


 
Y así fue, y lo mejor de todo es que reunidas el comité de sabias (léase Torpe, Friki y Cremitas) acordamos que había hecho muy requetebién comprando esa carpeta y no esos otros abortos de carpetas de colores infumables. Porque como muy bien me dijo Friki, que es Doctora en Psicología  “Has hecho muy bien, que esa carpeta luego queda para siempre, y siempre no se puede ser cutre”.

Y si una Doctora te dice eso, pues te quedas reforzada.

Pero no todo es estudiar. Para comenzar la fase lúdica del máster con buen pie os diré que según llegamos a clase teníamos a uno de los “veteranos”, que está acabando su máster ahora, para darnos una calurosa bienvenida. En un plan “aquí te pillo aquí te mato” de libro, le pidió permiso a la profesora para meterse en el aula, y cuando le dijo que sí, se subió a la mesa de los ponentes para darnos su particular speech inaugural. Desde allí, nos vino a decir cuatro cositas sobre el máster y… que teníamos cena de clases a la noche. Nos habían reservado mesa, ellos ejercían de Pigmalión con nosotros y nos descubrían el sector hostelero nocturno de la ciudad.

Pues oye, ni mil palabras más. Si nos organizan una cena, tendremos que ir.

Y fuimos, claro. Para algo tenía yo cogida una pensión chunga. Cuantas menos horas pasara allí, mejor.

Total, que como yo soy “de los de fuera” y los viernes de aquí a diciembre de 2014 la gente me tiene que sacar a cenar por ahí sí o sí, sean de la ciudad o pernoctadores de hostales como yo, pues ahí estuve, al pie del cañón. Making friends. Desde luego los de mi edición del máster estarán contentos porque al final me quedé como la única representante de la clase –y por alguna extraña razón a ninguno de mis amigos “de verdad” les pareció raro que me quedara hasta el final cuando les conté la cena. Por qué será-. El último compañero me abandonó a las 5 de la mañana, y yo me quedé hasta las 6 con los de la edición pasada del máster, que acaban sus clases en diciembre.
 




Es decir, un plan abrazafarolas inimitable. Que me daba igual a quién me pusieran ahí para hacerme compañía que yo me iba con ellos sin dudar. De vez en cuando hacíamos una “ronda de nombres” para ver quién era quién, y listo. La gente de los grupos a nuestro alrededor flipaba en colorines, claro, porque éramos el grupo más animado de cada bar al que entrábamos y no teníamos muy claro quién venía con nosotros y quién no.

Total, que el viernes vuelvo a clase con las presumibles miraditas entre nosotros de “ey, el viernes pasado, qué guay estuvo, ¿eh?”. Y tan mal no estaría porque ya estamos organizando la siguiente cena. Ahí, una clase comprometida con las actividades extra para “hacer equipo”.

Vuelta a la uni. ¡Qué suerte la mía!

Acabo mi post de hoy con una nota para mis queridas amigas: me consta que habéis estado elucubrando anécdotas en las que no salgo precisamente bien parada, todo para establecer una alianza común con mi Querido novio y en contra de mi persona.

Anécdotas del tipo “¿os acordáis de cuando nos invitó a cenar a su casa y total que tenía que hacer un writing para sus clases de inglés y nos hizo estar ahí a todas en la mesa elucubrando ideas y traduciéndolas al inglés? Parecía una negrera. ¡Si hasta las 11 de la noche no nos dio de cenar!”.

A vosotras os digo: sentíos completamente libres de escribir lo que os plazca, porque estar a las duras y a las maduras es lo que tiene. Que se os quiere, y por eso aquí tenéis barra libre.
 
 

Eso sí, no me hagáis otro blog que me creáis competencia desleal y me quedo sin visitas y eso sí que no puede ser.