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28 de julio de 2014

THE BURNING HEART JUST ABOUT TO BURST

Este va a ser un post que debería estar promocionado por el mismísimo Ministerio de Sanidad pero como resulta que soy pura bondad yo os doy este consejo así por amor al arte:


DAOS CREMA SOLAR


Y mirad que soy lagarta tanoréxica con ansias de tornar a raza mulata, pero amigos, así a lo loco y sin cremas para no achicharraros como unas gambitas a la plancha pues no puede ser.





Que diréis vosotros ahora “Ay Bailarina, madre mía qué sabias palabras, se ve que has madurado y ya tienes cabeza como para no ponerte al sol ahí a pelo sin una crema ni nada”.



Pues sí y no.



Que me doy crema: sí. Pero que mi fin en el verano es acabar azul, pues también, no lo voy a negar. Soy una yonki. Lo que pasa es que esto tampoco puede ser ponerse a lo loco bajo un sol que cae como el fuego de un dragón a las 12 del mediodía, porque yo soy una mujer que quiero estar morena, pero también amo la vida y no quiero convertirme en cenizas tan pronto.




Mi mensaje al mundo viene más bien motivado por el hecho de que he sufrido un dolor de dimensiones inconcebibles para la mente humana. Un dolor infernal, un dolor horroroso, un dolor de llorar y de patalear y de cabrearme como una mona.


Estas vacaciones me he quemado.


Sí, amigos, me he chamuscado. Ahora me diréis “mira tú esta tipa vendiéndonos la moto de que sí que se da crema y de que tengamos cuidado y no sé qué y va ella y se quema. ¡Anda ya, vendemotos que eres una vendemotos!”. Pues no señores y señoras, no tenéis ni idea de lo que ha pasado aquí.



Resulta que este año me he ido a tomar el sol sin una base previa, es decir, blanca como la nieve, y creedme cuando os digo que me he ido a la playa con el capazo a rebosar de cremas de todos los tipos y formas: que si 6 por si a última hora me vengo arriba, que si 15 para ponerme a las 5 de la tarde como muy temprano, la 30 para cuerpo, la 30 para cara, y el stick de 50+ para lunares y cicatrices varias.



Mi madre estaba muy orgullosa de mi neceser (que le saqué foto y se la mandé por whatsapp para que se estuviera tranquila y me dejara de marear. Obviamente el bote de SPF 6 era solo un tapón al fondo, que me ve mi madre con una crema protección 6 y me echa un broncote vía whatsapp que me deja temblando).





Total, que me fui con el súper capazo a la playa en mi día 1 de las vacaciones y lo primero que hice: click, parte arriba del bikini ¡fuera! Sí señor, porque yo cuando me voy de vacaciones me vuelvo una hippie liberadora de pechos y me siento más de vacaciones y más feliz.



Una vez hecho esto, siguiente paso: CREMA. Qué os creíais, que ya os he dicho que hay que darse crema. Me unté toda yo en crema.


Paso tres: disfrutar del día de playa, baño, sol, crema, sol, baño, sol, crema… y así hasta el final de la jornada uno de vacaciones. Un día de ensueño, fantástico, maravilloso.



El horror vino al llegar al hotel y salir de la ducha. Resulta que en mi halo de “oh qué feliz soy, estoy de vacaciones por fin y encima libre de sujetadores opresores” –que me vuelvo muy hippie, ya os digo- me había dejado una lengua en mi cuerpo en la que no me había puesto crema. Estaba quemada. Lo peor, es que la zona cero, la lengua roja, era mi teta izquierda.


¡¡¡¡¡Qué puto dolor infernal!!!!!  ¡¡Joder!!


Ni 10 capas de aloe vera ni ninguna crema del mundo fue capaz de parar la hecatombe. Me ha jorobado las vacaciones EN-TE-RI-TAS.



Para empezar, yo que era solo una hippie libre de sujetadores en la playa (y solo, única y exclusivamente en la playa), me tuve que volver hippie a tiempo completo porque era INVIABLE ponerme un sujetador, un bikini o cualquier otra cosa. Con lo cual, he estado en plan comando para salir a cenar, para dar un paseo por los pueblos costeros, para desayunar… para todo.


Para seguir, he tenido que pasarme las vacaciones mirando al sol como si fuese estrábica de tetas. La teta derecha miraba al sol directamente pero la izquierda la tenía que poner más bien así de medio lado para que no le diera mucho más achicharre.




Como si todo esto no fuese bastante, he tenido que estar UNA SEMANA ENTERA en la playa haciendo topless por el dolor pero con un pecho cubierto de crema blanca protección 50+, que mi Querido Novio rebautizó así en plan graciosito como “la tetilla de escayola”.

Consecuencia: ahora tengo una teta aria digna de una alemana y otra de mulata.

Evidentemente, la gente te mira a las tetas si tienes una teta de escayola. Lo de ser hippie, evidentemente, ya ha perdido toda su gracia.



Y por último, como si todo esto no fuese lo suficientemente humillante, ahora soy como esas chonis operadas que les ponen nombres a sus peras, solo que yo solo tengo nombre para una. Eso sí, tiene multitud de nombres:




Tetilla de escayola
Tetilla chamuscada
Chamusteti
Teti chunga
Teti pochi


Todas ellas, of course, con copyright Querido Novio. Cuando te pase algo turbio te la devuelvo.



Y mientras tanto yo, Bailarina Sufridora, he visto evolucionar a la susodicha de  Rojo,
a Rojo Intenso, a Rojo que arde, a AMPOLLAS en la teta, a teta que se pela, a Piel a tiras que se cae como si fuese una lagarta de V.



Moraleja:

DAOS CREMA SOLAR, sí, pero POR TODO EL CUERPO

23 de junio de 2014

IN SUMMERTIME WHEN THE WEATHER IS HOT

Hoy vuelve a ser lunes pero es un lunes muy diferente a todos los anteriores porque hoy… ¡Es verano!



Tengo unas ganas locas de disfrutar de este verano que promete y mucho. He revisado el calendario y me quedan tres fines de semana libres para hacer planes, el resto están ya adjudicados con viajes o citas ineludibles ¡va a ser genial!


Y es que hay sensaciones que solo se tienen en verano, pero son tan maravillosas que su recuerdo dura todo el año, y lo mejor de todo… ¡son todas gratis! Esas cosas son:





  • ·         Desterrar la ropa de invierno de tu vida. No hay nada más satisfactorio que ir vaciando todo tu armario de prendas de lana, cosas de cuello vuelto, abrigos de pelo o de plumas y meterlo todo en una bolsa. Yo particularmente quemaría esa bolsa después, pero claro, luego llega octubre y la necesito de nuevo, así que nada, la castigo con mi indiferencia.



  • ·         Sacar toda la ropa de verano a tu vida. Olvidarte del negro y del gris por unos meses y ver los pasteles y los crudos y los blancos. Y lo mejor de todo ¡que te siente bien!





  • ·         Estás más guapa, estás de mejor humor… estás morena.




  • ·         Estás más rubia. Tus amigas se ríen de ti y te dicen que leas más rápido porque para cuando llegue agosto ya vas a ser tan rubia que se te va a haber olvidado leer del todo. Y te ríes, porque es verano y estás de buen humor.

Me dicen eso en marzo y les corto el cuello.





  • ·         Ir medio en pelotas a todas partes. Con dos trapitos ya vas vestida y perfecta para cualquier sitio. Claro, tardas menos en vestirte por las mañanas para ir a trabajar, menos en cambiarte para ir a la playa, menos cuando vas al gimnasio… y lo mejor, ¡no vas cargando como una mula con la ropa que te vas quitando según avanza el día!




  • ·         Ir a la playa a tomar el sol. No hay mejor sensación en el mundo que sentir el calorcito de los rayos del sol en tu tripa. Simplemente maravilloso.



  • ·         Notar el calor de la arena en los riñones cuando te tumbas sobre el pareo y claro, con tanto calorcito, pues te amodorras, y te quedas así medio traspuesto tan ricamente.





  • ·         Ese runrún de gente que está en la playa, y algún niño que está jugando y riendo de fondo, y las olas del mar. Esa es la mejor música con la que echarse la siesta (siempre y cuando la gente que hay en la playa no sea de esa chusma maleducada que habla a gritos para todo el mundo y el niño en cuestión no sea de esos demonios capaces de ser abofeteados por la mismísima supernanny).




  • ·         Ese punto justo después de haberte dado un baño en el que ya no estás empapada pero tampoco se han secado todas las gotas de tu cuerpo. Momento exacto de frescor en tu cuerpo. ¡Cómo me gusta! Solo dura un minuto, ¡¡pero qué minuto, señores!!




  • ·         Salir del gimnasio a las 8 de la tarde y que sea de día. Salir incluso a las 9 y que siga siendo de día. ¡El sol no se escapa nunca!



  • ·         Estar en una terraza.


Da igual para qué, da igual la hora. Habla por sí solo. Terraza es bien.


  • ·         Pasar calor. Sí, pasar calor es una sensación maravillosa y los nazis del aire acondicionado que te ponen las oficinas a 18 grados deberían aprender a disfrutar de ella.




Basta de pulmonías por aire acondicionado en mitad de julio. Dejadnos disfrutar del calor, pesaos.


  • ·         La jornada intensiva. Algunos afortunados trabajamos solo por la mañana y podemos disfrutar de toda la tarde libre para hacer lo que queramos. Y con la jornada intensiva a veces son las 6 de la tarde de un martes y ni siquiera tienes la sensación de haber estado en la oficina esa mañana, porque has hecho tantas cosas que parece imposible que hayas trabajado también.



Y te sientes todo orgullosa porque eres una súper heroína que puede con todos los planes que le propongan.


  • ·         Tomar un granizado de limón mientras caminas por la calle y notar el sabor a cítrico, el frío del hielo. Y sentirme como una niña si me tomo el sorbete con mi madre, porque tenga la edad que tenga acabo sorbiendo de la pajita y haciendo ruido, y ella echándome la bronca “por sorber como una gorrina” “¿Pero es que no vas a aprender nunca a tomar un granizado como una persona normal y decente?”.


Ay… Hay cosas que no cambian nunca.

  • ·         Y lo mejor, lo mejor, lo mejor, es disfrutar de todos los días con los incondicionales que te quieren. ¡Eso sí que mola!




No quiero olvidarme de decir que esta noche “mágica” para algunos y de fiesta y locura total para otros, es para nosotras solo una parte de un gran gran día de celebración: nuestra amiga Friki cumple nada más y nada menos que treinta maravillosos y preciosos años…

¡¡¡Muchas felicidades!!!




Y porque los treinta son geniales y redondos, y porque nosotras lo valemos, nosotras celebramos el día de Friki mientras el resto del mundo celebra la noche de San Juan. Porque los treinta son únicos y hoy con más razón que nunca ¡arde la ciudad!

Te queremos muchi, amiga. Tus piñas. 


10 de marzo de 2014

HOY ME HE LEVANTADO DANDO UN SALTO MORTAL


Esta mañana me he despertado de un humor inmejorable pero se me ha pasado nada más llegar a la oficina porque a mi esa gente que está feliz y contenta un lunes en su oficina me parece que no es gente de fiar. Así de claro lo digo.





Total, que estoy muy bien, ¿eh? No os vayáis a creer. Me lo he pasado chachi piruleta el fin de semana y he dormido como un oso, de manera que estoy descansada. Pero ¿feliz? No, bonita. Eso sí que no. Estar feliz un lunes a primera hora es un sentimiento contra natura.



Sin embargo, como ya os he dicho, la vida tiene pequeños momentos de felicidad que te hacen sentir muy bien; te hacen sentir victorioso y poderoso. Este fin de semana esos momentos han sido:



1.-Pasear por la playa un domingo con un sol de justicia con la perri. Se deja sentir la primavera, esto sí que son brotes verdes.





El colmo de la maravilla hubiese sido que el paseo hubiese sido más o menos tranquilo y que la playa hubiese estado desierta, pero claro, el invierno ha sido largo, tedioso, frío, oscuro, lúgubre  y duro y todos estamos sedientos de luz y de rayos de sol en nuestra piel. No pidamos peras al olmo.




Esto significa que la playa estaba en plan Benidorm pero con gente vestida (menos mal, porque hay cuerpos que en Marzo es mejor mantenerlos vestidos), no cabía un alfiler, y significa también que tenía que estar silbando todo el rato a mi perri para que no se me perdiese. He acabado con el morro que se me ha quedado así puesto en posición boquita de piñón como si fuese Esther Cañadas.





¿Por qué? Me diréis. Pues porque tengo una perra lerda con déficit de atención (y un poco cabrona). Obvio, porque ganas de quedarme con el morro mal puesto de la Cañadas, pues como que no (lo siento, Esther). Tú estás por la orilla vacía de gente paseando por la perra, para que no moleste a nadie, y de repente la ves que se aleja hacia un castillo que están haciendo unos niños.




Mentalmente ya estás pensando “No, no, no, no, no” pero ella corre con paso firme y veloz. Se planta allí y ¿Qué hace?  Pues, como buena perra cabrona la tía coge y se te mea encima del castillo infantil y, para rematar, cuando ella ya ha terminado y los niños están berreando a pleno pulmón “¡Qué asco! ¡Qué asco! ¡Se ha hecho pis en el castillo!”, resulta que no me encuentra.




¡Ajá! O sea que se larga en plan perra independiente por la vida a mearse en castillos ajenos y luego la ves en plan lerda buscando a su dueña. Y yo, claro, a silbarle para que no se vaya.







Pasear por la playa, un planazo. Todo lo demás, mejorable. Menos mal que los padres que me han tocado en la playa eran de los simpáticos y les hizo gracia la perra meona.



2. -Confesiones de mi Querido Novio que demuestran que YO tenía razón. ¡Ajá! Eso sienta bien a cualquiera y a cualquier hora y en cualquier situación.





En esta ocasión, además, la confesión refuerza uno de mis últimos posts, y es que el sábado, mi Querido Novio, que es un sol y un amor como no hay muchos en la faz de la tierra, sacó a pasear a la perri a las tres de la madrugada cuando volvíamos de una cena que se alargó un pelín.





Total, que el susodicho vuelve con la perra a casa y me dice todo serio “oye, oye, Bailarina: que he pasado con la perra por el parque que dices tú del pájaro que canta, y no sé si será porque no había nada de ruido o qué, pero he oído perfectamente que canta Guantanamera, ¡como tú decías!”





¡Toma, toma, toma, toma! Eso sí, resulta que la estrofa de Guantanamera que escucha él con el pájaro no es la misma que escucho yo. ¿Nos estaremos volviendo locos de atar los dos? ¿Le estaré contagiando mi locura?





3.-Recibir recuerdos de amigas exiliadas en el extranjero. Resulta que, no sé si lo sabéis, pero este blog tiene unas estadísticas que me dicen, entre otras cosas, de qué países perdidos de la mano de Dios han entrado a leer a esta tarada de Bailarina Frustrada. Y ahora me salen unas poquitas visitas de México, nuevo país de residencia de nuestra adorada Jager Queen. Total que ahora, además de los mensajitos de rigor, miro las estadísticas y cuando aparece México pienso “¡¡Hola Jagger Queen!!”





Como se quede mucho tiempo por allí la rebautizo a Tila Tequila.






4. -Quedar nada menos que quince personas para cenar un sábado. Y reírte a pleno pulmón, y contar historias graciosas, y que te cuenten historias de llorar de la risa, y que te den noticias geniales, y que todo el mundo se alegre de verdad, y no querer que se acabe la velada por nada en el mundo porque está yendo todo genial.





Pero que, como todo lo bueno acaba, cuando hay que volver a casa y estás en un pueblo perdido de la mano de Dios con una cola del horror en la parada de los taxis, haya una amiga (que ha pasado al nivel de DIOSA) que diga:    





-Tengo un amigo que trabaja esta noche en la centralita de radio taxi, le voy a llamar para que nos mande uno. No pienso esperar toda esa cola que hay ahí ni de coña.









¡¡¡Y que nos mandaron un taxi al momento!!! ¿Se puede ser más VIP que eso? Que me caiga muerta aquí mismo si se puede, porque no, no se puede. Mi Querido Novio, que odia esperar o hacer cola más de tres minutos o cualquier otra cosa por el estilo, ha empezado a amarla en secreto. No os digo más.





5. -Tener amigas geniales que cuando te da por ponerte en plan pedorrilla te sacan de ahí en un momento vía whatsapp y con un icono de “cara que echa humo por la nariz”. ¿Quién puede ponerse en plan “seguro que no molesto si voy” cuando te ponen ese icono como toda respuesta?





NADIE.









Máxime cuando te han puesto tantas veces el icono de la cara que echa humo por la nariz que ha pasado a los iconos favoritos de tu interlocutora. Gracias, amiga Friki. 


En definitiva: mirar a mi alrededor y ver que me gusta lo que hay. ¿Se le puede pedir más a la vida?



10 de junio de 2013

OPERACIÓN BIKINI LAST MINUTE, O CÓMO INTENTAR SALVAR LOS MUEBLES EN JUNIO


A veces pienso ¿Pero qué hago yo contándoos mi vida? Si total, tengo una vida de lo más normal. Pero claro, luego me pasan unas cosas que digo “Madre del amor hermoso, esto al blog, porque no puede ser que pase esto, hay que contarlo al mundo”. Y como ponerme el ridículo se me da bastante bien, al blog que se va.

El caso es que el pasado mes de mayo me apunté in extremis al gimnasio para intentar salvar los muebles y lucir un cuerpo que no sea de blandiblú este verano. Mi deseo secreto es lucir un vientre plano envidiable y un cuerpazo escultural tipo Elle Macpherson, y la verdad es que con la de horas que estoy metiendo en el gimnasio me lo merezco, las cosas como son (La cara de Elle Macpherson también me gustaría tenerla pero soy consciente de que eso no me lo dan haciendo deporte).  Llevo un mes sufriendo agujetas por todo mi cuerpo; cuando no son las piernas me duelen los brazos o la espalda, y ayer descubrí que no podía hacer un abdominal más porque me dolían las entrañas como si me estuvieran clavando agujas.

Me duele todo eso, y el orgullo.
 

Porque claro, el cuerpo es un desagradecido de mierda total. Resulta que te vas un poquito de cañas, te tomas un aperitivito de nada, sales de fin de semana gastronómico  o te das un pequeño homenaje de ciento en viento y ¡ZASCA! El proceso de desparramamiento de tu cuerpo serrano empieza casi antes de que te lleves la copa de vino a la boca. Desagradecido total, ya lo he dicho. Ni que le diera yo cosas malas para comer. Sin embargo, ya puedes matarte a hacer clases de todo en el gimnasio, que la diferencia un mes después de haber empezado a matarte es mínima, pero mínima minimísima (doy fe).

En mi caso, mi relación con el deporte es de muchas idas y venidas. En plan relación tormentosa. Me pasa también con la lectura: cuando pillo un libro entre manos lo devoro, pero puedo estar meses sin leer (bueno, muchos meses tampoco, no vayáis a pensar que soy semi analfabeta).

Pero volviendo al deporte, llevaba un año sin hacer nada de nada, fundamentalmente por pereza. Eso sí, hace un año me mataba a hacer spinning, un ejercicio aeróbico muy útil para los que, como yo, hacemos un estrepitoso ridículo en las clases de aerobic. Porque el aerobic tipo Eva Nasarre se me da fatal. Yo es que soy más de coreografía libre que de ir siguiendo unas pautas establecidas, con lo cual en clase voy a contracorriente, y queda feo de cara a la homogeneidad de todos-haciendo-lo-mismo-al-mismo-tiempo. Qué le voy a hacer, yo he nacido para ser bailarina solista, la Reina Cisne del gym. Por eso en la bici quietecita se está fenomenal, anclo los pies al aparato y ya de ahí no me muevo.



El caso es que he iniciado mi nueva etapa en el deporte en un estupendo gimnasio último modelo súper cool, y adaptado para personas con alguna discapacidad. Para empezar he tenido que deshacerme de todas las prendas de mi relación anterior con el deporte y dejarme sponsorizar por Kalenji, todo ropitas nuevas. El objetivo de esto es motivacional, porque estrenar ropa me vuelve loca, y también para no desentonar con el glamour que hay en el ambiente.

Para seguir, y teniendo en cuenta que empecé en mayo –muy justa para llegar a verano con un cuerpo enseñable-  hago de todo: spinning como hasta ahora, pero también GAP, ABS, Body Building y circuit Express.

¿Que qué significan todas esas siglas que se supone que son clases? Básicamente: LA MUERTE. Son una especie de entrenamientos militares de tonificación muscular con los que sudo la gota gorda. Huelga decir que con lo blanda que estoy y lo regular que se me dan las clases, el ridículo que hago en ellas es bestial. Teniendo en cuenta que el centro es adaptado, a veces me encuentro a mi misma pensando en medio de la clase de GAP si cobrarán subvención por tenerme ahí haciendo el minga.

No, la concentración no es lo mío, pero es que doy muchísima lástima. Sin embargo, no me amilano, y ahí estoy haciendo mis ejercicios sin prisa pero sin pausa. Hasta aquí todo “bien”. Yo hago el ridículo en la intimidad de la sala de fitness y tan solo los compañeros de clase son conscientes de la pena que doy.

Pero claro, resulta que voy a unas clases de muy alto nivel, con gente a la que le encanta lucir su figura y con un monitor con dejes exhibicionistas, y para esa gentuza hacer ejercicios recogidos en una sala cerrada al público pues como que no les apasiona. Ellos quieren lucir sus cuerpos al sol, mostrar al común de los mortales esos músculos esculpidos por los Dioses, demostrar el esfuerzo titánico que realizan con las mancuernas. Les pone ese rollito. De esta manera el pasado martes el monitor nos suelta así de sopetón:

-Oye, chicas –en clase también hay hombres pero él habla en femenino, en plan modernita- ¿Qué os parece si la próxima clase la hacemos en la playa? Dicen que va a hacer sol, así aprovechamos la clase y hacemos los ejercicios en la arena ¿Sí? Traed agua –como si en una clase normal no rozáramos la deshidratación- y una gorra para el sol.

Sí, el gimnasio está al lado de la playa. Y a pesar de mi cara de terror y mis ojos de “Esto NO puede ser posible”, al resto de compañeros la idea les pareció maravillosa. Y al desgraciado de Lorenzo, que nunca sale a dar calor, la idea también le debió de parecer fantástica, porque el día D lucía un sol de escándalo a las siete de la tarde. FATAL.



Así que allí que llegamos al gimnasio, y casi todas estaban ya listas esperando para salir a la playa. Yo, en vaqueros, alucinando con las ganas de la gente de ir a lucirse a la arena. En fin. Me cambié y salimos a la playa con unas mancuernas en una mano y un bosu en la otra.

Para los que no sabéis qué leches es un bosu, foto –no os preocupéis, yo tampoco sabía lo que era hasta que me metí en este gimnasio último modelo, lo normal es no conocerlo, que no os engañen-.


 

Y nada, ahí nos hicimos la clase al sol. Bien pegaditos al paseo marítimo para que se nos viera, haciendo promoción a tope. Según empezamos a hacer las primeras sentadillas se empezó a apelotonar la gente a nuestro alrededor, y hubo quien no se movió de allí en toda la hora que duró la clase. Encima se les veía que ponían cara de “Pse, pues esto tampoco es para tanto”. ¡No te jode, que lo hagan si se atreven!

Quien no vio el show seguro que recibió alguna foto del espectáculo, porque todo el mundo que pasó por allí sacó su Iphone, Blackberry, Smartphone o similar para retratar el momento. Lo peor de todo es que allí todo el mundo estaba encantado con ese espectáculo dantesco excepto yo, que viví uno de los peores “Tierra trágame” de mi vida. La estampa era la siguiente: todo el mundo haciendo los ejercicios aeróbicos acrobáticos súper bien y súper contentos y después yo, en última fila a rebufo del resto, sudando y jurando en arameo, al 50% de lo que hacían los demás. Entonces me imaginaba a la gente diciendo “¡Mira esa de la última fila! ¡Qué mal lo hace, qué pena da!” y me cabreaba aun más.

¿Y os creéis que esa clase me ha minado la moral y me ha hecho esconderme? ¿Creéis que no voy a volver a ese gimnasio nunca más? ¡No señores! Porque a pesar de mi cabreo con todos esos desconocidos que presuntamente me miraban mal, dos de los miles de espectadores que pasaron por allí a ver la clase fueron… Mis queridos padres. Y tener fans entre el público ayuda mucho, qué digo mucho ¡Una barbaridad!



Al acabar la clase llamé a mi padre, que vive en un universo paralelo al real y para él sus niñas –mi hermana y yo- somos las mejores. Le pregunté qué tal me había visto y me dijo:

-Has estado súper bien, de verdad. Pensaba que iba a quedar más forzado esto de salir a hacer una clase a la playa pero qué va, ha sido muy natural, muy natural, y se os veía muy bien. Se ve que hay buen ambiente, y que te ríes mucho. Y no estás descolgada del grupo para nada, ¿Eh? Haces muy bien todos los ejercicios y sigues el ritmo muy bien.  Tu madre me dice que la técnica que tienes es buenísima también. Todo muy bien, muy bien, muy bien.

Pues eso, que soy casi casi la mejor de la clase. ¿No os lo había dicho? Hoy al gimnasio otra vez.